Muchas opiniones ha generado el dilema de prohibir o no los llamados narcocorridos; sin embargo, el tema no ha trascendido del plano mediático, con una discusión que se ha tornado irrelevante entre quienes los defienden propugnando por la libertad de expresión, y quienes los satanizan por fomentar la violencia y el narcotráfico.

Este debate tiene como punto de partida el que para nosotros los mexicanos, los corridos son parte de nuestra idiosincrasia, al constituirse como ese folclor narrativo que ha dado testimonio de importantes momentos de nuestra historia. Por esa razón es innegable el enorme valor que este género épico-lírico posee, al grado de que debemos considerarlo como un patrimonio cultural inmaterial de nuestro país.

Con más de dos siglos de historia, los corridos han sido esa especie de crónica sonora que ha recogido el sentir popular de nuestros antepasados, de cara a esos grandes hitos históricos que han definido lo que es hoy nuestro país. Es así como este género musical ha documentado desde las invasiones extranjeras que hemos sufrido, hasta las penurias del fenómeno migratorio contemporáneo, pasando por supuesto por todas esas anécdotas revolucionarias que encumbraron tanto a caudillos como a bandoleros.

Pero si bien es cierto que la mística de los corridos, sobre todo en la época revolucionaria, conlleva como elemento básico la exaltación de personajes cuya fama se ha forjado por estar al margen de la ley; su evolución a la época actual se ha ido distorsionando, pasando de lo estrictamente descriptivo o testimonial, a un plano sugestivo y promovente.   Es así como el narcotráfico con todas sus espirales de violencia, fue mimetizando el corrido tradicional hasta convertirlo en un medio de persuasión, donde se ponderan y entronizan sus actividades ilícitas. Recordemos que primero fueron llamados corridos “perrones”, después los bautizaron como “alterados” o “enfermos”, y ahora tenemos los mentados corridos “tumbados”. Y es aquí donde vemos como saltan a la fama, un puñado de jóvenes que sin ningún talento musical o creativo, su única gracia es componer esas estólidas canciones donde se hace apología del crimen, del uso de drogas y de la vulgar cosificación de las mujeres.

Y es precisamente por lo nefasto de sus letras, que difícilmente se puede catalogar a los narcocorridos como música, en todo caso, podríamos decir que más bien son la antítesis de lo que esta representa como manifestación artística. A pesar de ello, prohibir los narcocorridos como ya lo han hecho cerca de diez entidades del país, sólo ha acrecentado el morbo en torno a ellos, estimulando su propagación y propiciando un reto abierto a la censura.

Para muestra de lo anterior sólo basta recordar lo que sucedió en la Feria de Texcoco, con un público que más que aceptar la exclusión de los narcocorridos, se manifestaron violentamente cuando uno de sus cantantes se negara a interpretarlos, por supuestamente estar impedido legalmente. Lo constatamos también recientemente aquí

en Los Mochis, cuando en un tiempo récord, se agotaron todas las entradas para ver a otro conocido exponente de este tipo de música.

Quizá sopesando este tipo de reacciones de la gente, es que desde el Gobierno Federal, la Presidente Claudia Sheinbaum manifestó su desacuerdo con la prohibición de esta “música”, planteando como alternativa la promoción de otras temáticas en este género popular mexicano. Fue así entonces como surge la campaña “México canta y encanta”, una convocatoria para participar con géneros tradicionales y fusiones modernas, pero sin contenidos que glorifiquen la violencia o las drogas.

La verdad es que dudamos que esta iniciativa tenga un gran impacto. En cambio, lo que sí está comprobado que puede contrarrestar la propagación de tan nociva música (narcocorridos), es descentralizar la política cultural en el país (¿existe?). Esta es una añeja demanda que permitiría a las autoridades locales fortalecerse y trabajar bajo un mismo esquema, permitiendo democratizar los bienes y servicios culturales, con un muy especial énfasis en los segmentos infantil y juvenil.

Por lo pronto sí hay algo que podemos hacer para combatir esas expresiones nocivas como los narcocorridos. Y es contribuyendo a diversificar y fortalecer el abanico de opciones culturales que existen. Sólo basta promover y asistir a las actividades artísticas que se realizan en el estado, y que ofrecen tanto las dependencias oficiales (como el Instituto Sinaloense de Cultura y los Institutos municipales), como diversas instituciones académicas. Por cierto, como parte de su 152 aniversario, la UAS acaba de poner en marcha su trigésimo Festival Universitario de la Cultura 2025, el cual se extenderá hasta el 17 de este mes con eventos totalmente gratuitos.