Conforme ha evolucionado la vida en nuestro planeta, y sobre todo en la última década con la llegada de lo que se ha denominado la Cuarta Revolución Industrial, la deshumanización de las sociedades ha ido en aumento, y la vejez, esa que en la antigüedad era sinónimo de orgullo y prestigio, hoy es un estamento social que sufre de discriminación y displicencia.
Hablar del esplendor que tuvieron los ancianos a lo largo de la historia, es hacer referencia a mucho antes de la antigua Grecia, del Imperio Romano o de las civilizaciones hebreo-cristianas, puesto que, desde las primeras culturas ágrafas, a pesar de la obvia ausencia de vestigios documentales, existen jeroglíficos que dan fe de la prevalencia y estatus que se le otorgaba a este segmento de las tribus. Su longevidad era motivo de orgullo para el clan, ya que eran los depositarios del saber y la virtud, eran en pocas palabras, la memoria que los conectaba con sus antepasados. Sin embargo, dicho esplendor se ha convertido en un nebuloso presente en el que factores como el hedonismo, la tecnologización, la desintegración familiar y hasta el diseño urbano de espacios reducidos, han moldeado una imagen desmedrada del adulto mayor, lo que les ha costado vejaciones, abandono, olvido y más recientemente, hasta la vida. Qué lejos estamos hoy de las enseñanzas bíblicas como la que se encuentra inscrita en uno de los libros del Viejo Testamento, donde hasta se le investía a los ancianos de una misión sagrada, con la parte que dice: «Entonces dijo Yahvé a Moisés: Elígeme a setenta varones de los que tú sabes que son ancianos del pueblo y de sus principales, y tráelos a la puerta del tabernáculo… para que te ayuden a llevar la carga y no la lleves tú solo».
Tan sólo en nuestro país por ejemplo, la esperanza de vida creció exponencialmente de un rango de los 34 años en 1930, hasta llegar a los 75 años que tenemos en promedio actualmente. Lo anterior ha ido paulatinamente envejeciendo nuestra población. Según cifras oficiales del INEGI, al cierre del año pasado se contabilizaban casi 19 millones de personas de 60 años y más, ciudadanos que según las leyes son considerados como adultos mayores. Este envejecimiento social que es ya un fenómeno ecuménico, está generando crisis en muchos países, principalmente europeos, tanto por la escasez de mano de obra, como por la creciente inversión en sus sistemas de salud. Pero por si todo lo antes expuesto no fuera suficiente, en México existe además hoy en día un marcado edadismo, particularmente contra este segmento de los adultos mayores, en donde los estereotipos, prejuicios y discriminación los han llevado a la exclusión y marginación.
Lo anterior ha propiciado que por dicho edadismo, nuestros adultos mayores encuentren cada vez más dificultades para subsistir, ya que a pesar de ser aún muy productivos, suelen ser marginados laboralmente y obligados a refugiarse en la informalidad. Afortunadamente, al margen de la pensión contributiva por jubilación a la que sólo el 33% logra acceder, existe una pensión universal ($4,800 bimestrales) que el actual Gobierno Federal otorga y que fue incluso elevada a rango constitucional.
Aun así, y como bien lo ha señalado la diputada local Victoria Sánchez, “Existen hoy en día muchos desafíos que deben atenderse para mejora la calidad de vida de nuestros abuelitos y abuelitas. Y uno de dichos desafíos y quizá el más delicado, es el que se relaciona con la protección a su integridad física y su seguridad patrimonial”.
Por esta razón es que hoy, ante los últimos asesinatos de adultos mayores, los cuales incluso han sido inconcebiblemente cometidos por sus propios familiares, cobran notoriedad las iniciativas presentadas para crear una Procuraduría del Adulto Mayor, cuya función sea prevenir y atender con prontitud los casos en los que se vulneren los derechos, bienes e integridad física de este segmento de la población. Dichas iniciativas presentadas en momentos distintos por legisladoras locales, entre ellas la propia diputada Sánchez Peña, cuentan con el enorme respaldo de la Presidenta del DIF Estatal, Dra. Eneyda Rocha Ruiz, quien por su destacada y sensible labor, sabe mejor que nadie de los agravios que sufren los adultos mayores, ya que estos son atendidos cotidianamente por esa dependencia.











