Uno de los derechos más en boga hoy en día, es sin duda el respeto a la autorrealización y el libre desarrollo de la personalidad, donde descansa la libertad y dignidad del ser humano para tomar sus propias decisiones. Este derecho se ha convertido en la panacea para alcanzar mayores condiciones de igualdad, equidad e inclusión, ya que toda persona tiene el derecho al libre desarrollo de su personalidad, siempre que ésta no viole los derechos de otra ni atente contra el orden constitucional o la moral.

En pocas palabras, la autodeterminación debe hacerse valer pero nunca imponerse, ni mucho menos pretender modificar a juicio de las minorías, todo ese andamiaje normativo y axiológico cuya finalidad ha sido siempre el mantener cohesionado nuestro tejido social.

Esto lo traigo a colación por lo sucedido el pasado viernes, durante la inauguración de los XXXIII Juegos Olímpicos de la era moderna, que se están desarrollando en París, Francia.  Y es que al parecer, a los organizadores de esta edición, les resultó conveniente abdicar a determinados principios universales, quizá en aras de venderle al mundo una Francia liberal, republicana e incluyente, mensaje que ocurre “coincidentemente” después del triunfo de la izquierda (Nuevo Frente Popular) en las elecciones parlamentarias de ese país, apenas en julio de este año.

La escenificación de la última cena que se llevó a cabo sobre el río Sena, ha generado tal controversia, que poco se ha hablado de la maravillosa idea de que, por primera vez en la historia, la inauguración de los Juegos Olímpicos (JJOO) no se realizó dentro de un estadio.

Si con dicho performance la idea era demostrar tolerancia a las minorías, a la autodeterminación y al libre desarrollo de la personalidad, el efecto fue precisamente todo lo contrario, ya que recrear con drags queens y modelos transgéneros el mítico cuadro de Leonardo da Vinci (La última Cena), resultó tan grotesco como innecesario.

Y fue tal el error de haber recurrido a tan burdo montaje, que el mismo director artístico del evento, Thomas Jolly, se vio obligado antier a declarar que su intención no era recrear la última cena de Jesucristo y sus apóstoles, sino que era un homenaje alusivo al olimpismo y a la festividad que representa el deporte.

“No hubo intención subversiva o querer escandalizar, sino decir que somos ese gran nosotros con las ideas republicanas de inclusión, generosidad y solidaridad que necesitamos desesperadamente. En Francia, la creación artística es libre, en Francia tenemos el derecho de amarnos como queremos, en Francia tenemos el derecho de creer o no creer. Nuestra idea era dejar en claro esos valores”

La realidad es que esa excusa del señor Jolly nadie se la cree. Es evidente que la idea era generar polémica, con el propósito de poner en relieve las corrientes que impulsan la diversidad sexual, un tema que como lo mencioné en otra ocasión, está siendo tergiversado ya que se busca forzar en lugar de convencer.

Si la idea era transmitir un mensaje de libertad, el resultado pues resultó todo lo contrario, ya que la defensa de ese derecho universal requiere ante todo de respeto, y eso nunca será posible si la conciliación es desplazada por el paroxismo de un wokismo distorsionado, que en lugar de luchar por causas justas, desvía su atención a la censura y la descalificación. Y sí, lo que vimos en la inauguración de los JJOO fue ese wokismo que no concilia, sino que quiere imponer, desconociendo el pasado, las tradiciones, los vínculos sociales y los valores universales.

Es lógico pensar que el mismo Presidente de Francia Emmanuel Macron le dio el visto bueno a la propuesta escénica de Jolly, por lo que considerando su ascendencia ideológica, bien pudo emular al Rey Enrique IV de Francia, y terminar por aprobar el burdo montaje de la última cena sobre el Sena, expresando también que “París bien vale una misa”.

“Nadie merece derechos especiales, protecciones o privilegios sobre la base de su excentricidad” (Camille Anna Paglia, escritora neoyorkina).