Actualmente en nuestro país, de los poco más de sus 125 millones de habitantes, existen alrededor de 32 millones que son jóvenes entre los 15 y 29 años de edad (millennials y centenials), de los cuales un 45% van de los 23 a los 29 años, es decir, aquellos jóvenes que se supone ya debieron haber concluido sus estudios universitarios y, por lo tanto, ya tendrían que estar laborando.
Sin embargo, algo está pasando con nuestros jóvenes que no logran emplearse e incorporarse a la tasa de ocupación de la Población Económicamente Activa (PEA). Esto se evidencia en la tasa de desocupación, que entre la población universitaria ronda el 4.7 %, cifra muy superior inclusive a la que se presenta con respecto al total de la población (3.3%). Este porcentaje aumenta en una proporción de tres a uno, si consideramos todo el segmento de jóvenes que van de los 15 a los 29 años que están actualmente desempleados (incluidos los “ninis”).
Lo anterior se torna aún más preocupante, si retomamos los bajos estándares de profesionalización que aún subsisten en México, donde de cada 100 alumnos que ingresan a la primaria, solamente 21 logran culminar sus estudios de licenciatura, entendida ésta como el grado de acreditación y no de especialización.
A partir de ahí, sólo cuatro más logran cursar una maestría y únicamente uno de ellos llega hasta el nivel de doctorado. De este modo, a nadie debe sorprender entonces que nos ubiquemos dentro de los últimos lugares de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) en habitantes matriculados con grado universitario, ya que apenas alcanzamos un 19%, es decir, que casi 2 de cada 10 adultos mayores de 25 años poseen un título universitario.
El promedio de los países miembros de este organismo es del 38%. Y si se nos compara con el promedio que en este rubro alcanzan países como Corea, Canadá, Japón o Reino Unido, los cuales superan la barrera del 60%, pues no hay mucho ya que podamos agregar.
Pero más allá de las estadísticas, una aspecto importante sobre el que debemos reflexionar, es acerca de la mentalidad que tienen nuestros jóvenes en la actualidad, siendo ésta una de las principales barreras por las que se les dificulta aún más encontrar un empleo.
Los millennials trazan sus expectativas tan elevadas, que cuando llegan a ingresar a una empresa, sea pública o privada, sienten que los sueldos que les ofrecen están muy por debajo de sus estándares, y casi casi podemos afirmar que hasta se sienten humillados de tan sólo pretender que puedan aceptar dichas remuneraciones.
Mucho de ello se debe paradójicamente a la accesibilidad que tienen a las nuevas tecnologías y a esa conectividad global que, si bien les permite elevar sus conocimientos por estar a sólo un click de un universo de información, también los encierra en una especie de burbuja aspiracional que contrasta de forma trágica con la realidad.
Y es que a diferencia de ese mundo virtual e idealista, los jóvenes se encuentran con esta realidad donde la oferta laboral en países como el nuestro, se sigue orientando a sectores primarios con trabajos poco calificados y salarios muy bajos. Es por esta razón que los datos que arrojan tanto la última encuesta intercensal del INEGI (2015), como la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del 2019, nos muestran que de la población joven desocupada entre los 15 y 29 años de edad, que representan a su vez el 5.9% de la PEA del país, la mayor parte recae en el segmento de jóvenes con carreras universitarias, es decir, los que andan entre los 24 y 29 años. Ante este escenario, los jóvenes profesionistas suelen fácilmente caer en el subempleo o la informalidad, alcanzando en ellos cifras cercanas a los 9 millones.
Derivado de esta situación, encontramos datos que nos indican como en nuestro país, le es más fácil inclusive encontrar empleo a una persona sin estudios universitarios, que a quien si lo posee, aclarando por supuesto que el salario siempre será menor conforme menos estudios se tengan.
Para lograr revertir estas alarmantes cifras, se requiere de esfuerzos conjuntos (pero diferenciados) como sociedad, entre los que destaco: generar una mayor vinculación escuela- empresa, para evitar producir carretadas de jóvenes con profesiones que ya no tienen demanda en la actualidad; inculcar una nueva cultura empresarial que les dé a los recién egresados la oportunidad de incorporarse al mercado laboral, de modo tal que les permita adquirir esa experiencia que tanto se les pide y que, paradójicamente, suele establecerse como requisito previo a su contratación; incentivar fiscalmente a las empresas para impulsar el primer empleo, pero no como se está haciendo en estos momentos, donde de acuerdo a la propia Secretaria de Trabajo, Luisa Alcalde Luján, únicamente el 16% de los apoyos mensuales para capacitación laboral, dentro del programa “Jóvenes Construyendo el Futuro”, se otorgan a jóvenes que tienen grado de licenciatura; y por último, ahondar en una educación más integral y humanista que les inculque a nuestros niños y jóvenes valores que los enseñen a respetar la autoridad, a reconocer el trabajo honrado, a asignarle valor y no precio a las cosas, y sobre todo, a disfrutar su juventud pero con moderación, evitando dilapidarla en actividades insulsas y sin ningún sentido, muchas de ellas que incluso ponen incluso en riesgo su integridad física, como el caso de los challenges o retos que constantemente aparecen en las redes sociales.
DESTACADA.- Hablando de las nuevas generaciones, destacada fue la comparecencia que tuvo ante legisladores el joven Secretario de Desarrollo Social en el Estado, Ricardo Madrid Pérez, a quien se le vio con muchas tablas en sus intervenciones, con una retórica fluida, seguridad y conocimiento de su área. De las cifras que presentó hablaremos en nuestra próxima entrega.











