El trágico deambular de los niños y niñas que saturan los cruceros y vialidades de nuestro estado es una problemática que siempre hemos visto pero que en los últimos años se ha recrudecido. Basta con circular por cualquier sector de nuestras ciudades y nos encontramos con esos pequeños rostros que sin medir el peligro sortean los vehículos para ir tras unas monedas.

Lo más lamentable es saber que en muchas de esas ocasiones, esas monedas que se les da no sirven o se usan para mitigar su sed y su hambre, sino que van a parar a manos de criminales que los usan como señuelos sin importarles su integridad física. Lo más inconcebible, es que en la mayoría de esos casos son sus propios progenitores (quienes se supone debieran de cuidarlos) los que participan, fomentan o por lo menos permiten que esto pase. Ya mucho se ha insistido en la necesidad de no darles dinero a esos pequeños que limpian parabrisas, venden golosinas o hacen malabares en las calles. Los sistemas DIF y hasta la misma Unicef han insistido en ello y nos han dicho a través de campañas publicitarias, que más que ayudar a los niños, el dar unas monedas es alimentar un círculo vicioso. Inclusive, hasta se ha dicho que estos apoyos suelen ser para el que los provee, una forma de estimular la conciencia y encontrar un sosiego al sentir que se es solidario o bondadoso.

Esto último lo considero un exceso, ya que si bien se nos ha hecho saber sobre las posibles consecuencias que puede representar el brindarles apoyo a estos menores; la verdad es que para muchos el ayudarlos con una moneda es un acto de simple humanidad, algo que nada tiene que ver con un cargo de conciencia y que se hace además con la esperanza de que esa ayuda en verdad les sea útil.

A final de cuentas, estas campañas institucionales que nos piden no dar ayudas a estos menores, suelen ser en la mayoría de los casos sólo eso, exhortos aislados que no van concatenados con acciones focalizadas y medibles que tiendan a mitigar este creciente problema social. Y es que, para atenderlo de forma integral, se requiere de políticas públicas que atiendan las causas y no simplemente las consecuencias. Hay infinidad de organizaciones civiles que apoyan a estos segmentos vulnerables, pero ya sea que no trabajan coordinadamente con las instituciones públicas de asistencia social, o en el peor de los casos, no son lo suficientemente conocidas, claras y transparentes para que la ciudadanía se involucre y colabore con ellas.

Uno de los criterios que era ya una añeja demanda, era el estipular con mayor precisión las sanciones contra esos canallas que utilizan a los menores como carne de cañón para obtener ganancias económicas. En días pasados, en el Congreso local se habló sobre el tema y urgió a la actual Legislatura que ya está por concluir sus funciones, a que se aprueben las reformas al Código Penal del Estado, para que se puedan fincar responsabilidades a quienes cometen estos deleznables abusos de explotación, tanto con los menores de edad como con las llamadas “Marías”. Se sabe incluso de casos donde las propias madres rentan a sus hijos para que sean usados en las calles, como si fuesen accesorios para buscar despertar la lástima de quienes se topan con ellos.

Ojalá que esta reforma sea aprobada por el Congreso, pero que de manera paralela se busque también apoyar presupuestalmente a las dependencias encargadas de dar seguimiento a estos niños. De igual forma, es necesario que se apoye a las Organizaciones No Gubernamentales que altruistamente trabajan para ayudar a todos esos niños y adolescentes que viven o trabajan en las calles. De no trabajar transversalmente bajo estas vertientes, el problema seguirá creciendo, y no sólo al amparo de la desigualdad y la pobreza, sino también bajó la égida de esos criminales que sin ningún escrúpulo cercenan la inocencia de los niños, exponiéndolos a los peligros de la calle y a las inclemencias de un clima como el de Sinaloa.

La misma Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) ha insistido en múltiples ocasiones en la necesidad de formular políticas públicas bien articuladas, para lograr un mayor impacto y uso más eficiente de los recursos, así como enfocarse en la prevención y en el desarrollo humano integral, atacando de esa forma el problema de una forma estructural dentro del entorno familiar y social que rodea a estos infantes.

Finalmente, ahora con esta pandemia, son los menores de las calles los que finalmente están más expuestos a ser contagiados, ya que no tienen la manera ni la conciencia para cuidarse ante un virus que puede transportase muy fácilmente, como por ejemplo en esas monedas que reciben en sus pequeñas manos sin lavar (o por lo menos desinfectar) y con las cuales los vemos consumir sus alimentos en las banquetas. Hay mucho que hacer por estos menores, y no sólo a nivel de las autoridades, sino también como ciudadanos, ya sea ayudándolos en forma directa o a través de alguna ONG.