A lo largo de la historia, muchas de las democracias en el mundo han experimentado la incursión de partidos unidireccionales, mismos que por su enfoque en causas o temas específicos, terminan por convertirse en entes testimoniales que requieren de alianzas para poder subsistir electoralmente e impulsar con ello sus acotadas agendas ideológicas. En cuanto menor sea el respaldo ciudadano exigible legalmente para conformarse como partido político, mayor será la proliferación de opciones electorales monotemáticas, donde temas como el medio ambiente, la diversidad sexual o la religión son los más recurrentes.

En nuestro país, desde la creación formal de los primeros partidos políticos, surgidos en vísperas del movimiento revolucionario y al calor de las represiones contra quienes se oponían al porfiriato, han desfilado varios partidos monotemáticos o con causas muy específicas, como lo fueron por ejemplo: el Partido Católico Mexicano (1911) cuyo principal objetivo era el reagrupamiento de quienes profesaban dicha religión, a fin de empoderar sus derechos ciudadanos; otro fue el Partido Nacional Cooperativista (1917), quien postulaba este mecanismo de asociación económica como la panacea para la solucionar los problemas económico de esa época en nuestro país; y en esta línea surgió también el Partido Laborista (1919), donde su lucha se circunscribía en los derechos de los obreros, los campesinos y los artesanos.

Ahora bien, esos partidos testimoniales que florecieron abanderando una causa en particular, mutaron gradualmente hacia otras demandas socio-políticas de ese tiempo, motivados más por el interés de subsistir que el del beneficio social.

En la época reciente, el caso más emblemático en nuestro país ha sido el del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), quien en vano ha intentado diversificarse y enarbolar otras causas no necesariamente relacionadas con la defensa medioambiental, ya que finalmente la sociedad los ha estigmatizado y relegado. A lo anterior  se le ha sumado el ofensivo y descarado manejo patrimonial de que ha sido objeto ese partido, donde los principales beneficiados han resultado ser un grupúsculo de políticos ya muy identificados por la gente.

Este mismo derrotero ha sido el de muchos partidos testimoniales en diversos países del mundo, lo que los ha condenado a una participación marginal, intermitente y, en el peor de los casos, a su extinción.

Por lo anterior es que nos resulta incomprensible que el exgobernador de Chiapas y Senador con licencia Manuel Velasco, no haya tenido más visión en su discurso con el que se registró en el proceso interno de Morena, ya que su narrativa sigue siendo monotemática, lo que evidencia su limitada capacidad para explayarse en otros temas que también son importantes en México.  Es evidente que el PVEM ve camino a su extinción, ya que como sociedad los tenemos bien medidos, ya que sólo son una rémora adherida a Morena, cuyo acompañamiento más que sumar resta.

Por eso es que resulta irrisorio el rumor que se ha propagado, en donde se menciona que el ex gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz Coppel, buscará la senaduría por ese partido en alianza con Morena. No imaginamos que tendría que haber de por medio para que el Gobernador del Estado, cediera esa posición y dejara en la banca a prospectos que son alfiles de su proyecto político, como el secretario General de Gobierno o el líder del Congreso. Precisamente por esta práctica mercantilista del PVEM, donde sus siglas son como una membresía al mejor postor, es que ya nadie cree en ellos y mucho menos en su bandera ambientalista.

Y lo mismo sucede en general con todos aquellos “políticos” monotemáticos, quienes no son capaces de diversificar su campo de acción y mucho menos de abordar y atender otros temas que no sean los que los llevaron al poder. Difícil, muy difícil que esos devaluados partidos y políticos monotemáticos puedan ser rentables electoralmente en el 2024.