Si de la calidad de nuestros políticos y gobernantes hablamos, somos todos nosotros como sociedad, en quienes recaerá siempre la mayor responsabilidad. Por eso bien dice el dicho que la culpa no es del indio, sino de quien lo hace compadre. Estamos por entrar al último trimestre de este año, y con ello, una vez definidas las candidaturas presidenciales por ambas alianzas políticas, se decantarán en consecuencia los amarres locales para ir perfilando a quienes habrán de competir por las diputaciones y alcaldías.

De hecho, desde hace buen rato que estamos inmersos ya en este tan anticipado proceso electoral. Vemos a algunos políticos acelerados y desesperados buscando desde ahorita que los tomen en cuenta. Otros más experimentados, sabedores de cómo es que se mueven las cosas en política, permanecen de bajo perfil esperando definiciones y señales que les permitan saber qué puertas tocar.  Finalmente y como ya se sabe, serán las circunstancias las que coronen o trunquen dichas aspiraciones.

Pero mientras son peras o son manzanas, lo que a nosotros como electorado nos corresponde es, hablando en términos deportivos, empezar un visoreo para seleccionar a las y los mejores prospectos. Y para proceder a ello, podemos por ejemplo iniciar con la identificación de los funcionarios actuales y de los diputados de nuestro distrito (local y federal), para después valorar cuál ha sido su desempeño. Esto es algo que puede resultarnos muy relevante, si consideramos que desde la reforma electoral del 2014, es posible la reelección inmediata de senadores, diputados federales y locales, presidentes municipales, síndicos y regidores. De ahí por ejemplo que muchos de nuestros actuales legisladores locales, los que no buscarán la reelección, se irán por las alcaldías o algún escaño en el Congreso de la Unión, por lo que es muy probable que los volvamos a ver para pedirnos el voto.

Y en esto de emitir un voto a conciencia, que esté blindado de presiones partidistas, canonjías o fanatismos, el primer paso es darnos un poco de tiempo para conocer la oferta electoral que se nos habrá de presentar: quién es el candidato o candidata; cuál es su procedencia; qué cargos ha ostentado; cuál ha sido su desempeño y, finalmente y quizá los más importante, si se ha visto envuelto en escándalos o actos de corrupción. Esto nos permitirá elegir a los mejores candidatos, o de plano y como muchos dicen, a los menos peores.

Ya es momento de dejar esa indiferencia, apatía o desafección política que nos ha llevado a encumbrar a tantos corruptos e ineptos. Si no le damos su importancia a nuestro derecho, pero sobre todo al deber que también tenemos de votar, no hay consideración después que justifique nuestros lamentos.

Basta sólo con reflexionar cómo es que, sin la menor vergüenza, andan moviéndose por ahí ciertos personajes tenebrosos y de aciagos recuerdos para los sinaloenses, quienes seguramente le apuestan al olvido y a la corta memoria social del pueblo para volver por sus fueros, o mejor dicho por lo que no alcanzaron a llevarse.

Así nos encontramos que anda sonando mucho por ejemplo el regreso de MALOVA, quien a pesar de las advertencias en torno a los expedientes nada favorables que pesan sobre él, nos aseguran que aunque soterradamente, pero le sigue con todo buscando que el Frente Amplio por México lo postule de nueva cuenta al Senado.

Esta aspiración del exgobernador se antoja muy riesgosa y temeraria de su parte, sin embargo, con los antecedentes de las actuaciones que caracterizan al poder judicial, se entiende la valentía de muchos quienes seguramente se atienen a la impunidad que existe, gracias a las inverosímiles decisiones de los jueces. Recordemos el caso de su exsecretario de finanzas, Armando Villarreal, quien con sólo dos millones logró librarse de un desvió de recursos por casi 300 millones de pesos. A nivel federal y apenas la semana pasada, los mexicanos nos enteramos de la exoneración del proceso penal contra Emilio Lozoya por el caso de Nitrogenados. En fin, todo esto son argumentos que deben servirnos de experiencia para ser más exigentes con quienes buscan el poder a través de algún cargo de elección popular. Si seguimos displicentes y minimizamos la responsabilidad que se nos viene, ya a toro pasado la culpa de haber escogido mal, no será del político electo sino de quienes lo hicimos nuestro representante.