Uno de los temas que más notoriedad e importancia ha cobrado en los últimos años, es sin duda el de la diversidad e inclusión sexuales, para lo cual nuestras formas de convivencia han requerido de adecuaciones en los ámbitos normativos, axiológicos y religiosos.

Esta época que estamos viviendo está plagada de muchos cambios, tanto así que muchos replican aquello de que más que una época de cambios, estamos frente a un cambio de época.

Pero como sea el caso, lo cierto es que estamos frente a una sociedad del conocimiento, donde las tecnologías y la conectividad nos han hecho procesar la simple información, interpretándola en diferentes contextos según la finalidad que se persiga, de ahí la creación y normalización de nuevos paradigmas que rigen nuestro comportamiento.

Aquí es precisamente donde surge la necesidad de adaptarnos a los cambios que exige la diversidad e inclusión, como una firme respuesta a la defensa de los derechos humanos y el libre desarrollo de la personalidad.

Como tal, el concepto de diversidad sexual hace referencia en sí a la existencia de múltiples tipos de expresiones sexuales, normalizando y reconociendo la libertad sexual, así como el derecho de cada persona a decidir con quién y de qué manera comparte su vida y sus prácticas sexuales.

Ahora bien, este concepto pretende definir un tema de muchas aristas y que es relativamente novedoso, sobre todo si partimos de que el mismo estudio de la sexualidad humana tiene no más de un siglo y medio de antigüedad.

Y es que no hay olvidar que como seres humanos (individuos), la sexualidad nos es algo innato, de modo tal que cada persona vive su sexualidad de una forma diferente. Eso siempre ha sido así, pero hoy en día el enfoque biopsicosocial de la sexualidad humana, ha evolucionado y se ha sobrepuesto a un gran número de prejuicios que nos ataban al pasado.

De ahí entonces que mucho de lo que antes era considerado incorrecto, hoy es algo aceptado y normalizado, es por eso que nadie puede regatear ni demeritar que esta revolución sexual nos ha traído más equidad, igualdad y tolerancia.

Sin embargo, como todas las cosas en la vida, aquí también necesitamos poner límites, para evitar caer precisamente en esos excesos que atentan contra nuestras reglas o normas básicas de convivencia.

Todo esto lo traigo a colación por la defensa de la identidad de género, misma que se refiere a la vivencia individual del género como cada persona lo sienta o se asuma, pudiendo corresponder o no con el sexo biológico, e independientemente de cómo lo perciban los demás.

Este es un tema tan delicado, que difícilmente puede uno escapar a las críticas cuando tenemos el atrevimiento de abordarlo, pero hoy lo hago movido por varios de los excesos en los que estamos cayendo, donde esta prerrogativa se deja de usar como defensa de una causa, y es en cambio aprovechada para un beneficio personal.

Quizá para muchos pasó inadvertido o ni siquiera se enteraron, pero no por ello deja de ser ilustrativo y aleccionador, el reprobable acto cometido en Michoacán por varias personas durante el pasado proceso electoral, quienes siendo biológicamente varones y sin más prueba que su palabra, se autoadscribieron como mujeres, para apegarse a esa cuota que como acción afirmativa le corresponde al género femenino, algo que dados los porcentajes de participación por sexo que aún prevalece en la política, les acarreó seguramente una ventaja electoral para su nominación.

Esta situación que por cierto también se vivió en Guanajuato con algunos candidatos del PT, más allá de lo que como muchos señalaron de ser una afrenta a la comunidad LGBTIQ+, es ante todo una perversión de la política y de los partidos políticos, puesto que se apropiaron del tema de la diversidad sexual y lo usaron como una triquiñuela, lo que demuestra que esto de validar la autopercepción como alguien diferente quien somos o lo que somos, es un arma de doble filo.

En todo caso, si se estos sujetos se perciben como mujeres siendo hombres, debieron más bien ser considerados como parte de la comunidad LGBTI+, misma que por sí solo tiene de hecho una cuota asignada de candidaturas, como parte de esa concesión denominada “acción afirmativa”.

Una burla pues tolerada por las autoridades electorales, pero también un exceso de la falta de límites en el respeto a la diversidad sexual.

En otra entrega hablaremos de cómo este tema, so pretexto de la inclusión, ha trastocado aspectos como nuestro idioma, cuya gramática fue pensada en términos generales.

De ahí que incluir por ejemplo la letra “e” como marca de género, es como ya lo señaló la RAE, algo innecesario, además de que los cambios lingüísticos a nivel gramatical, no pueden supeditarse a colectivos de hablantes en particular.

En todo caso, la inclusión no se logrará con un debate semántico, sino con la aprehensión de valores como el respeto, la solidaridad y la empatía.