Ante el avance de la situación por la que hoy estamos atravesando,  nunca será ponderado en su total magnitud el reconocimiento que merecen todas y todos aquellos trabajadores de la salud que conforman nuestra primera línea de contención a los efectos de esta pandemia.

Por eso es tan lamentable enterarnos que continúan los casos de agresiones y discriminación contra estos superhéroes de la vida real. A raíz de todo ello, ya mucho se ha hablado sobre la condición  humana y la forma en que esta suele manifestarse ante situaciones caóticas.

Ante estas pruebas que nos pone la vida, siempre habrá quienes saquen a relucir su bonhomía y altruismo, como también existen quienes, anteponiendo su frustración  a la razón, suelen caer fácilmente en actitudes reprochables e inconcebibles.

Ante el  bombardeo constante de información que nos llega a cada minuto, sobre todo por las redes sociales, debemos tratar de ser lo más selectivo posible y no caer en suposiciones alarmistas que pueden llegar a obnubilar nuestro criterio y caer en excesos o, peor aún, en actitudes retrógradas como las que se han presentado contra aquellos a quienes más agradecidos debemos de estarles.

En una reciente entrevista al profesor Frank Snowden, quien es conocido por diversas publicaciones donde aborda la historia de las pandemias y sus manifestaciones antropológicas, expresó que este tipo de contingencias resaltan los claroscuros de la condición humana, por lo que la clave para salir adelante reside en saber actuar colectivamente de acuerdo a nuestras creencias, capacidades y prioridades morales.

Retomando esta conclusión de Snowden como principio dogmático,  podemos entender, más nunca justificar, las inequidades  e injusticias que solemos cometer como sociedad. Al igual que lo que sucede hoy con los agravios a los trabajadores de la salud, hay otros más a quienes la displicencia colectiva los hace siempre ser invisibles.

Unas de esas personas a las que comúnmente, con pandemia o sin ella,  solemos olvidar y regatearle el reconocimiento que se merecen, son aquellos trabajadores de aseo y limpia que constantemente recogen los desechos (basura) que generamos.  Nada más imaginémonos por un momento que se suspendiera indefinidamente la recolección de residuo sólidos urbanos. Los problemas de salubridad serían tan graves que el  mentado coronavirus pasaría a segundo plano como problema sanitario.

¿Qué haríamos con las 104 mil  toneladas de basura que a diario se generan en México o con las tres mil  toneladas diarias que producimos los sinaloenses? Si bien es cierto que no toda la basura se recolecta, sí se hace con la mayor parte de ella (84%), de la cual la mitad se genera en nuestros hogares, y es precisamente esa la que a diario exigimos sea retirada para no generar malos olores o fauna nociva.

Por todo lo anterior, aunado a las medidas que tanto se nos han dicho para evitar la propagación del coronavirus, debemos atender también el exhorto que nos hacen los trabajadores de aseo y limpia, quienes requieren que las bolsas de basura estén bien amarradas, que dentro de ellas se separen aquellos desechos que puedan representarles un daño (agujas, vidrios, etc.) y, de ser posible, que en esta contingencia sean rociadas con algún tipo de desinfectante.  En cuanto a las autoridades, el llamado es a que se les mejore salarialmente a estos trabajadores y se les provea de las condiciones laborales y de  equipamiento necesarias.

DESTACADO. Que como parte del acuerdo tomado para establecer en nuestra entidad un Plan de Acción para Consolidar un Gobierno Abierto, se haya incluido (como uno de sus tres compromisos) un tema de suma relevancia para la salud pública y la protección del ecosistema: el uso de los plaguicidas que se usan en nuestros valles agrícolas.

La tarea  que tendrán ahora por delante los poderes ejecutivo y legislativo, será la de continuar trabajando coordinadamente y gestionar una verdadera descentralización ambiental ante la federación, de modo tal que se pueda atender con mayor eficacia y prontitud este rubro. En el caso de los agroquímicos, por ser considerados sustancias peligrosas, se observa en su regulación un añejo vacío de autoridad, donde quien puede entrarle  no debe y quien debe hacerlo no puede.