En una de mis anteriores columnas, inicié escribiendo algunos deseos con los que esperaba (aún espero) diera inicio este nuevo año; sin embargo, por lo menos el primero y más importante de ellos, lejos de cumplirse, está empeorando. Ello me hace preguntar si estamos llegando al punto de no retorno, o si es que Dios tiene un déficit de ángeles en el cielo.
Apenas llevamos escasos nueve días del 2024 y ya son varios los crímenes y accidentes donde menores de todas las edades han perdido la vida.
Estos decesos que tanto nos laceran como sociedad, se vuelven aún más dolorosos cuando son producto de la negligencia o de la maldad a la que puede llegar el ser humano. En la mayoría de los accidentes donde un niño muere, son la inconsciencia e imprudencia de los adultos lo que termina por marcar esa diferencia entre lo inevitable y lo prevenible. En los crímenes hacia los menores en cambio, no hay siquiera un reducto de justificación que pueda llevar al consuelo. Todo en estos últimos casos evidencia una total ausencia de humanidad, de sentimientos, de consciencia y de un profundo desprecio por la vida.
En lo personal nunca he sido proclive a abordar temas sobre el crimen organizado, por el contrario, me resulta a veces desagradable cómo hay algunos quienes se dicen especialistas en esos temas, pero en sus escritos no vemos mucha objetividad o rigor académico, sino más bien un interés morboso, que termina haciendo de su narrativa una apología de los hechos.
Es incomprensible cómo a pesar de tantos avances médicos y tecnológicos que han logrado mejorar y prolongar nuestra calidad de vida, ésta termine pendiendo de un hilo ante el avasallamiento de la delincuencia, el crimen y la inseguridad. Y son estas conductas antisociales las que han ido creciendo exponencialmente bajo la sombra del narcotráfico, el cual les ha dado una especie de patente de corso donde ya no se respeta nada ni a nadie…incluso a los más inocentes.
Y es que así como sucedió con el alcohol durante los años 20 en Estados Unidos, la prohibición de las drogas que empezó en nuestro país desde principios del siglo XX, dio paso a los primeros traficantes, pero en este caso evolucionaron décadas después, dada la demanda de opioides para el ejército estadounidense. Con el paso del tiempo, el problema se les salió de las manos a los gobiernos de México y EU, y los cárteles fueron empoderándose hasta desafiar al Estado y obligar a dichos gobiernos a pactar con ellos. Para nadie es un secreto que los tentáculos de los cárteles han corrompido no sólo a políticos y funcionarios mexicanos, sino también a los gringos, llegando incluso a establecerse acuerdos con los mismos capos, dependiendo por supuesto de las prioridades del gobierno norteamericano. (Les recomiendo el reportaje de la última edición de la revista “Proceso”, titulado “Confesiones de un informante”, donde se destapa un capítulo de la corrupción en las agencias estadounidenses).
Finalmente, el narcotráfico es como una bola de nieve que ha ido creciendo, y a su paso ha ido envolviendo a todos los sectores de la sociedad, quienes ante lo inevitable de este fenómeno han buscado mejor como sacar un provecho de la situación.
La apología del crimen que alimenta a la subcultura del narco, es otro factor de corresponsabilidad social que ha ido contaminando a las nuevas generaciones, lo que le ha permitido al crimen organizado aumentar sus filas.
Así tenemos que la historia del narco y el crecimiento exponencial de la violencia, son en cierta forma producto de un rompimiento en los equilibrios sociales, mismos que en muchos casos (como lo señala en uno de sus libros el amigo Ronaldo González), han ido quedando inconclusos.
El problema que en lo personal considero aún más delicado de todo este fenómeno, es como se han roto también los códigos de respeto entre los mismos integrantes del crimen organizado, lo que ha dado pie a esta imparable ola de masacres contra familias enteras, incluyendo a niños y hasta bebés.
(Aquí les recomiendo el artículo publicado ayer en “El Debate” digital sobre las reglas no escritas entre los cárteles que dejaron de tener vigencia). Para darnos una idea, tan sólo de enero a agosto de 2023, 1,593 personas de entre 0 y 17 años fueron víctima de homicidio a nivel nacional, según datos del SESNSP.
Desgraciadamente, así como la violencia se ha ido normalizando, la impotencia se ha vuelto también parte de nuestra cotidianidad, pero ahora que los límites han rebasado lo inconcebible, es momento como sociedad de desmarcarnos de esa complicidad de la que por acción u omisión somos culpables; de elegir mejor a las autoridades y exigir a éstas que dejen de simular.
Si no empezamos a tomar conciencia de esto, difícilmente podremos encontrar un punto de retorno, en donde nuestros niños puedan quedar a salvo de esas balas asesinas, como las que antier le quitaron la vida al niño Ricardo, de apenas ocho años, en el sector de Valle Alto. En su memoria, recordamos también a todos esos pequeños que impunemente han sido asesinados.
Que en paz descansen todos ellos, quienes hoy ya forman parte de ese ejército de ángeles al que han sido llamados.











