Hoy no abordaré ningún tema vigente de interés político o social, espero encarecidamente me disculpen por hacer uso personal de este privilegiado espacio.

Actualmente, existen un sinnúmero de días en el calendario que enmarcan conmemoraciones o celebraciones que van de lo insulso a lo trascendental.

Pero si una fecha existe, capaz de generar un consenso total por su trascendencia e intrínseco valor, esa sin ninguna duda es el Día de las Madres. Y es que finalmente todos y todas provenimos de ese vientre materno dador de vida. Además, en esta época de cambios, donde la igualdad y equidad de género están siendo reconocidas e instituidas como premisas de carácter axiológico y universal, la preminencia de la mujer está quedando en evidencia en prácticamente todos los ámbitos en los que interactuamos como sociedad.

Y por supuesto, es el espacio familiar donde dicha preponderancia femenina se hace más evidente, por ser el vínculo materno el eslabón principal en la vida de todo ser humano.

Sin embargo, hay también una gran aportación de la figura paterna, la cual sólo cobra valor si se ejerce con absoluta responsabilidad e incondicionalidad. En la medida en que nos esforcemos por cumplir con estos requisitos, será la gratificación emocional que obtendremos como padres al ver a nuestros hijos realizados.

Lo anterior lo traigo a colación no tanto para destacar la figura paternal, sino más bien para expresar lo que al igual que un servidor, muchísimos más papás deben seguramente estar sintiendo en estos momentos, al ver que su hija o hijo ya creció, ya se realizó como profesionista y ya emigró en busca de nuevos horizontes. Por ello es que en esta ocasión quiero compartirles esta sencilla carta a mi unigénita.

A mi hija Paola:

Hoy como es ya costumbre desde que partiste, con nostalgia vuelvo a recordar cada etapa de tu vida y todo, todo parece que apenas fue ayer.

Parece que apenas fue ayer cuando Dios nos otorgó la bendición de tenerte.

Parece que apenas fue ayer cuando te escuché decirme papá por primera vez.

Parece que fue apenas ayer cuando nos sorprendiste al ponerte de pie y caminar.

Parece que fue apenas ayer cuando pedías permiso para salir a jugar.

Parece que apenas fue ayer cuando nos confiaste emocionada de tus primeras amistades.

Parece que apenas fue ayer cuando jugaba contigo a las muñecas.

Parece que apenas fue ayer cuando festejábamos tus temáticos aniversarios.

Parece que fue ayer cuando tú con arrojo y yo con miedo, prescindiste de mi ayuda para andar en bicicleta.

Parece que apenas fue ayer cuando tú eras quien planeabas nuestros paseos o viajes.

Parece que apenas fue ayer cuando negociábamos la hora de tu llegada a casa.

Parece que fue ayer cuando partiste a estudiar lejos de casa.

Sí hija, sé muy bien que aunque de todo eso ha pasado ya mucho tiempo, yo siempre lo recordaré como si hubiese sido ayer, porque de esa manera es como puedo detener el tiempo, y atesorar esos momentos que me han hecho menos difícil verte crecer y buscar tu propio camino.

Por eso hoy, que te veo que realizada y feliz en otra ciudad, quise publicar estas palabras, primeramente en honor a todo lo que representas para mí, pero también en reconocimiento a esa madurez, inteligencia y bonhomía que hoy te han llevado a donde estás…y eso que apenas es el inicio.

Con amor.

Tu papá.