Mucho se ha hablado y escrito sobre las diversas manifestaciones que han emprendido en los últimos días las mujeres, sobre todo en referencia al paro del día de ayer. Es por esa razón que hoy no abordaré sobre las causas (más que justas) de estos movimientos, ni sobre las raíces antropológicas y religiosas de la cultura machista, ni sobre los colectivos y políticas públicas que promueven la igualdad y equidad de género.
En esta ocasión quiero simplemente reflexionar el por qué para mí la mujer desde hace mucho nos ha demostrado que lejos, muy lejos está de ser ese “sexo débil” que ha llegado inclusive a ser un dogma en la formación de tantas generaciones.
Yo no sé qué tan válido es el planteamiento con el que algunos han justificado la fortaleza y las múltiples habilidades de las mujeres, donde a nivel biológico aducen que ellas vienen, genéticamente más equipadas que los hombres, por el simple hecho de traer una duplicidad de cromosoma “X”, el cual se ha comprobado que no permanece inactivo como se creía y al cual se le adjudica el triple de genes que al cromosoma “Y” (determinación del sexo).
La verdad, esto puede caer hasta ahora en una simple especulación científica; sin embargo, lo que sí es una realidad a todas luces, es que las mujeres poseen características únicas que los hombre jamás hemos podido igualar.
Por poner algunos ejemplos, analicemos algunas de las escenas cotidianas que todos presenciamos, como el de la parada de autobús donde una madre, con sus hijos a cuestas (literalmente), con uno en brazos, otro de la mano y uno más aferrado a su ropa, hace malabares para subirse al transporte público y poder llevarlos a la guardería o a las escuelas para, finalmente, poder irse después a trabajar; están también los casos donde, aún con severos malestares físicos, la mujer tiende a realizar todas sus labores sin ningún problema y sin que incluso los hombres seamos en muchos de los casos capaces de percibir el enorme esfuerzo que realizan; otro caso es el de millones de mujeres que, sin el apoyo (económico y afectivo) del padre, sacan adelante a sus hijos con miles de esfuerzos, donde sus sueños y aspiraciones personales tienden a quedar casi siempre al margen, en segundo plano.
En fin, son muchos los casos que conocemos donde la mujer nos demuestra que no son para nada ese sexo débil que se pensaba. Y más ahora donde además las mujeres igualan y hasta superan productivamente al hombre, alcanzando posiciones que antaño eran impensables, y que hoy las hacen erigirse como grandes empresarias, deportistas, académicas, políticas, etcétera.
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Lo que hoy estamos viendo es que la mujer, además de ser subvalorada, está siendo vilipendiada y cosificada, lo que hace que, paradójicamente a su exponencial crecimiento, hoy se sientan más inseguras que nunca. Las leyes, los programas y en general toda iniciativa que surja para dignificar el papel de la mujer y garantizar su integridad, solo serán redituables en la medida que su implementación sea transversal en todos los ámbitos del desarrollo social, así como que su proyección no caiga en lo estrictamente mediático e inmediato.
Por el contrario, nuestra visión debe ser de largo alcance, basada en esa responsabilidad compartida que a cada uno nos corresponde asumir en la formación de las nuevas generaciones. Lo curioso del caso es que la mayor parte de dicha responsabilidad recae precisamente en la mujer, quien es la que mantiene sin lugar a dudas el vínculo más afectivo con los hijos.
Yo espero que nuestras mujeres reciban la atención que merecen cada día del año, y no que se hable de sus derechos y de su seguridad, nada más el día en que se les conmemora (8 de marzo) o aquel en que se condena la violencia en su contra (25 de noviembre).
La lucha debe ser continua para superar esos anacrónicos argumentos que justifican las causas de violencia contra las mujeres. Como por ejemplo, aquellos que lo atribuyen a un resentimiento machista, ese que suele darse en algunos hombres cuando sienten vulnerada su autoestima, al ver cómo el empoderamiento de la mujer los lleva a dejar de ser el único (o por lo menos el principal) proveedor en el hogar.
Afirmar esto sería tanto como decir que en cada hogar donde existe una mujer trabajadora y exitosa, se genera automáticamente un aliciente que puede convertir al hombre (usualmente la pareja) en un agresor o feminicida. El machismo es una mentalidad que se formó y arraigó con distorsionados atavismos que justificaban los roles de cada género. Si hoy está demostrado que todo ello fue un error, entonces el camino para revertirlo se encuentra igualmente brindarles a nuestros niños y jóvenes, una educación humanista, integral y, sobre todo, con un importante basamento axiológico.











