Desconozco si lo escuchó en alguna parte o lo inventó él mismo, pero, me parece muy acertado el comentario del Profesor Fernando Sandoval, Secretario General del SNTE 53, al decir que, para volver a nuestras actividades cotidianas, incluso a clases presenciales, el color del semáforo epidemiológico debe ser verde de verdad y no verde sandía, verde por fuera y rojo por dentro.

En lo personal, desconfío plena y absolutamente de los números oficiales, no solo por la mala, pésima, detestable y maldita jugada que nos hicieron para la elección del pasado 6 de junio, cuando “inventaron” que estábamos en verde para que saliéramos a votar. Ni así participó la mayoría, pero el engaño fue evidente.

Hubo quienes se emocionaron y en unos cuantos días tuvieron que retacharse con la cola entre las patas, eso sí, sin reconocer su imprudencia y sin haber aprendido nada de esa experiencia.

No podemos confiar, y menos confiarnos, de las estadísticas oficiales, por diversas razones. Lo primero que tenemos que poner adelante es la opinión de personas con experiencia y conocimiento en el área. Las manifestaciones de Héctor Melesio Cuén Ojeda son contundentes al descalificar la “llegada exprés” de Sinaloa al verde, que inició hace más de una semana.

A lo anterior hay que agregar la cantidad de personas que no son contabilizadas por múltiples razones y que han llevado a los conocedores a informar que los números expresados por las autoridades sanitarias se deben multiplicar por varios más, para saber las cifras más apegadas a la realidad.

Necesitamos integrar a los pacientes, y fallecidos, que no acudieron al sector salud, los que padecieron y murieron en casa, los asintomáticos que nunca se han hecho una prueba, pero andan o anduvieron esparciendo la enfermedad.

No nos debemos confiar y debemos ser prudentes, en particular aquellos de quienes dependen las decisiones que llevarán a otros a reunirse con personas que no pertenecen a su círculo familiar más cercano.

Antes de decidir que se regrese a las actividades normales se deben analizar los números, no solo de enfermos activos. Es muy aleccionador el caso de Culiacán. Por varias semanas hemos visto que, en días consecutivos, el número de personas recuperadas es cero, nadie se ha aliviado en esos días, que son entre 4 y 5 de cada semana, todos los que han dejado de estar enfermos es porque se han muerto ¿No es eso una señal de alerta? ¿No deberíamos de alarmarnos aún más y exigirnos a nosotros mismos ser menos testarudos?

Otra situación igual de importante es que, si ya volvemos a las actividades cotidianas, es muy probable que desatemos una nueva ola de contagios. Tenemos que darle tiempo al tiempo. Esperar que de verdad el verde se consolide y no “aventarle” brochazos de rojo, de las cubetas de nuestra necedad.

A la imprudencia y terquedad se suma la ignorancia. No comprendo la razón de cómo no les entra en la cabeza que aun vacunados se pueden enfermar, contagiar a otros y hasta morirse.

Hace unos días acudí a un comercio y una persona llegó a comprar sin cubrebocas. Al pedirle que se alejara respondió que no pasaba nada, que ya está vacunada. Hágame usted el reverendo favor. Si se fuera a enfermar y morir sin afectar a nadie más, muy su gusto, pero eso no será de esa manera, a algunos se llevará de pilón, aunque sea económicamente.

Hay quienes dicen que los vacunados no se mueren de COVID sino de otras enfermedades, las llamadas comorbilidades, permítame darle algunos datos.

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut), para el año 2018, el 20.6% de la población mexicana padece diabetes.

El mismo estudio revela que 74.1% de mujeres y hombres con 20 años y más presentan sobrepeso u obesidad.

Se estima que en México hay entre 12 y 15 millones de pacientes con asma, casi el 10% de la población, y aumenta a 12.5% en los niños.

A lo anterior agréguele otros padecimientos crónicos: 13.4% tiene hipertensión; 1.7%, enfermedad cardiovascular y 2.1% enfermedad pulmonar crónica. Entre los adultos, 49% tiene triglicéridos elevados y 26.1% tiene colesterol total alto. Agréguele los pacientes inmunodeprimidos, que son las personas con trasplante de órgano sólido, los receptores de trasplante de médula ósea y los pacientes en tratamiento de quimioterapia y otras enfermedades como la esclerosis múltiple, lupus, con SIDA o algunos tipos de artritis reumatoide.

¿Cuántos le quedan que no estemos en riesgo de morir como consecuencia de que el COVID agrave la enfermedad que ya tenemos?

Es desesperante que, ante tanta evidencia, haya quienes argumentan el mentado miedo selectivo, esto es, que nos da temor ir a algunos lados, pero andamos como si nada en otros. Se olvidan tan fácilmente de quienes hemos hecho, a pesar del costo en todos los sentidos, un gran esfuerzo por salir lo menos posible, aprovechar la tecnología para casi todo, incluso para comprar en el super. Pero eso no es lo peor. Se olvidan también de aquellos a quienes se ha llegado con diversos servicios y atenciones gracias a la tecnología y, en un gesto de “me importa muy poco”, les quitarán ese acceso a esas personas que, por diversas razones, no pueden acudir de manera presencial.

En México se ha desarrollado, a fuerza, el comercio electrónico, las clases virtuales, particularmente en las universidades, los servicios de entrega a domicilio, la opción de ordene y recoja, las plataformas digitales y aplicaciones de los negocios. De no haber llegado la pandemia, seguiríamos en pañales en esos rubros, cuando en otros países es el pan de cada día. No podemos ser tan grises como para pensar en revertir lo avanzado solo por la ilusión del verde sandía.

A causa de la pandemia se han desarrollado muchas cosas, se ha obtenido experiencia y se han hecho adecuaciones para que todos tuviéramos acceso. Si regresamos a lo presencial y desechamos lo aprendido y dejamos de brindar esas oportunidades y posibilidades, no habremos avanzado nada. Es necesario integrar los avances a la vida cotidiana y que existan tanto unas opciones como las otras, de esa manera nadie quedará desconectado. Eso creo yo.