John Micklethwait  y Adrian Wooldridge sostienen que los gobiernos de nuestro días, respaldados por la voluntad democrática en general, nunca han sido más poderosos; pero en su actual condición, hinchados, sobrecargados, tampoco nunca han sido tan poco amados y tan ineficientes

 

Estos analistas políticos forjados en la revista liberal “The Economist” sostienen que los gobiernos están tan fuera de sintonía con el espíritu de la era de Internet como lo estaba el Estado de principios de la época victoriana con la era del ferrocarril: absorben enormes cantidades de recursos, pero fracasan al intentar sacar provecho de la productividad que proporciona la tecnología moderna; se aferran al viejo mundo al tiempo que pierde contacto con los elementos más vigorosos de una sociedad comercial, y su núcleo democrático ha sido debilitado por la construcción de imperios económicos y los intereses creados.

En su libro “La cuarta revolución” argumentan que ha habido tres nuevas «ciencias de la política» desde los albores de la era moderna; tres nuevas ciencias que han resultado indispensables para tres nuevos mundos: la política de los siglos XVI y XVII, que enfatizaba el poder soberano; la política de los siglos XVIII y XIX, que se centraba en la libertad individual (y una buena parte de la democracia de Tocqueville) y la política del siglo XX, que hizo hincapié en el bienestar social. Nuestra cuarta revolución es un intento de reinventar la ciencia de la política a la luz de las nuevas tecnologías y las nuevas presiones políticas, explican.

Así mismo, señalan que muchas de las cosas que el Estado hace mal son aquellas que tienen como objetivo alcanzar sueños imposibles. Cuanto más fracasa en su empeño de llegar a metas inalcanzables, más recurre a la microgestión para compensar sus fracasos. “La agenda progresista se ha vuelto contraproducente. Cada nuevo departamento del Gobierno, cada programa o prestación, hace que sea más difícil para el Estado centrarse en sus funciones básicas.”, añaden.

“Hay tres áreas en las que Leviatán pide que se le quite peso: primero, la venta de cosas que el Estado no tiene por qué hacer, reactivando los procesos de privatización; una vieja causa de la derecha. Segundo: recortar los subsidios que van a parar a los ricos y a los ciudadanos con buenas conexiones; una vieja causa de la izquierda. Y tercero: reformar los derechos a prestaciones para asegurarse de que se dirigen a las personas que los necesitan y que son sostenibles a largo plazo; una vieja causa de todos los que se preocupan por la salud del Estado.”

La tesis de los autores es que “La reforma de las prestaciones tiene que incluir algún elemento de mayor responsabilidad por parte de los beneficiarios. La idea de que un servicio público debe ser gratis suena atractiva. Pero en la práctica no ha funcionado. La gente tiene que pagar algo –aunque sea un importe simbólico– por los servicios médicos, para demostrar que no existe tal cosa como una comida gratis. Las personas también deben tener la obligación de participar en programas de recapacitación laboral después de un cierto tiempo en el paro. El sistema de bienestar social fue creado en un momento en el que la mayoría de la gente estaba empleada en trabajos manufactureros repetitivos. El subsidio de desempleo estaba destinado a permitirles salir de apuros hasta que pudieran encontrar otro trabajo, haciendo lo mismo que habían hecho en el pasado. Pero la economía actual está pasando por una fase particularmente disruptiva; las tecnologías de la información están reordenando industrias enteras y la globalización está redistribuyendo el trabajo. Los trabajadores necesitan poner al día sus habilidades si quieren tener la oportunidad de conseguir nuevos empleos.”

En su conclusión explican que la democracia sigue siendo una gran ventaja para Occidente. A pesar de su desorden, obliga al Estado a responder a las preocupaciones de la gente, al tiempo que le permite aprovecharse de sus talentos. Pero la democracia también necesita ser reformada si queremos que funcione correctamente: impidiendo que complazca sus peores instintos y animando a que exprese los mejores.

Comentan en el libro que “Desde arriba, la globalización está cambiando profundamente las políticas nacionales. Los políticos nacionales han cedido cada vez más poder, por ejemplo, sobre el comercio y los flujos financieros, a lo que vagamente podría llamarse el capitalismo mundial.”

John Micklethwait  y Adrian Wooldridge agregan  que “Hay desafíos igualmente potentes que llegan desde abajo, desde naciones separatistas como los catalanes y los escoceses, de Estados de la India, de provincias chinas, de alcaldes de ciudades estadounidenses. Tratan de recuperar los poderes que entregaron a los estados nacionales durante la gran época de la centralización. También hay una gran cantidad de lo que Moisés Naím llama «micropoderes», desde las organizaciones no gubernamentales a los grupos de presión, que están desintermediando la política tradicional. Internet está derribando barreras, por lo que es más fácil organizar y agitar. En un mundo donde la gente ahora está acostumbrada a elegir y votar con un clic, la democracia parlamentaria, en la que las elecciones tienen lugar sólo cada tantos años, parece cada vez más anacrónica. Douglas Carswell, un miembro del Parlamento británico, compara la política tradicional a HMV, una cadena británica de tiendas de discos que quebró en un mundo donde la gente compra las canciones a través de iTunes.”

Redondean su exposición indicando que “Eso no quiere decir que esté al borde del colapso, y mucho menos que el autoritarismo al estilo chino esté a punto de llegar al ayuntamiento más cercano. La democracia es un sistema extraordinariamente adaptable: creó Estados del bienestar a principios del siglo XX cuando la gente consiguió el derecho a voto. Todavía ofrece a los ciudadanos una forma pacífica de echar a los incompetentes y reclutar nuevo talento de todos los sectores de la sociedad. Refuerza los derechos humanos y alienta la innovación. Quizá, fundamentalmente, la gente la quiere, por lo que lo más probable es que los chinos sigan a los taiwaneses y a los surcoreanos: a medida que se hacen más ricos, van a exigir más libertades. Pero eso no es excusa para no hacer nada en Occidente, o para ser complacientes sobre el daño que pueden hacer los demonios que ahora acechan a la democracia occidental.”

Una de sus conclusiones finales es “La cuarta revolución es acerca de muchas cosas. Es acerca de cómo aprovechar el poder de la tecnología para proporcionar mejores servicios. Es acerca de encontrar ideas inteligentes en todos los rincones del mundo. Es acerca de deshacerse de prácticas laborales obsoletas. Pero básicamente consiste en resucitar el poder de dos grandes ideas liberales.

Es acerca de revivir el espíritu de libertad, poniendo más énfasis en los derechos individuales y menos en los derechos sociales. Y es acerca de revivir el espíritu de la democracia disminuyendo las cargas del Estado. Si el Estado promete demasiado, crea destemplanza y dependencia entre los ciudadanos, sólo reduciendo lo que promete, la democracia será capaz de expresar sus mejores valores de flexibilidad, innovación y resolución de problemas. Ésta es una lucha enormemente importante. La democracia es la mejor salvaguarda de los derechos fundamentales y las libertades básicas. También es la mejor garantía de innovación y resolución de problemas. Pero luchar contra sus peores instintos será difícil.”

La cuarta revolución, de John Micklethwait y Adrian Wooldridge es un interesante texto liberal.

Sin duda es compartible su defensa de la necesidad de la democracia. Preservar las libertades y los derechos es una garantía de que no seremos víctimas del abuso de quien tenga más poder económico o político que nosotros.

Lo difícil es saber hasta qué grado se debe limitar el poder del gobierno sin quitarle capacidad de acción.

El siguiente dilema es identificar cuáles son las aspiraciones a las que debe renunciar la sociedad sabiendo que no tiene caso pedírselas al gobierno pues no va a poder hacerlas efectivas.

En un siguiente artículo apuntaré mis respuestas.

Son cuestionamiento que debemos hacernos.