La mejor manera de conocer una parte muy importante de la historia política del siglo XX en América Latina y de paladear una excelente escritura es leer “Tiempos recios”.
Mario Vargas Llosa eligió un proceso histórico de gran trascendencia para las naciones del continente americano. Con ello hizo literatura.
Noveló lo qué sucedió cuando en Guatemala, hace setenta años, se implementó un proyecto de distribución de tierras ociosas, cobro de impuestos y elecciones como forma de elegir al gobierno.
“Ya imaginan lo que significaría para la United Fruit la aplicación de semejante medida para garantizar la libre competencia: si no la ruina, una seria caída de los beneficios. Éstos no resultan sólo de la eficiencia con que trabajamos, los empeños y gastos que hacemos para combatir las plagas, sanear los terrenos que ganamos a las selvas para producir más banano. También del monopolio que aleja de nuestros territorios a posibles competidores y las condiciones realmente privilegiadas en que trabajamos, exonerados de impuestos, sin sindicatos y sin los riesgos y peligros que todo aquello trae consigo.” (Página 14)
Describe varios movimientos de ajedrez político, tanto local como internacional, que hoy ya no son comunes y, también, hace mas clara la disputa por dominar la conversación pública e implantar una narrativa, lo que hoy es un ejercicio más intenso.
Este libro nos permite reconocer cómo el papel de la violencia política en la actualidad es distinto al de la primera parte del siglo XX. La presencia de los militares en el gobierno y las funciones de los grupos de élite del ejército son mucho menores en estas dos primeras décadas del siglo XXI.
Del otro lado, es evidente que la opinión pública ha adquirido un rol mas relevante en los tiempos recientes. En aquella distante época de los años cuarenta y cincuenta el porcentaje de ciudadanos que se informaban de la cuestión pública era muy bajo y el cuidado de las fuerzas políticas por su imagen y reputación era bastante menor, ni siquiera se medía.
“El matrimonio fue feliz, y la influencia que la cultura y la sensibilidad de María Cristina ejercieron sobre el joven oficial resultó muy grande. Ella lo vinculó a intelectuales, escritores, periodistas y artistas tanto de Guatemala como del resto de Centroamérica que él no hubiera frecuentado; entre ellos abundaban los que se llamaban socialistas y radicales, que despotricaban contra las dictaduras militares (como la del general Ubico) que proliferaban en los países centroamericanos y querían para Guatemala una democracia con elecciones libres, libertad de prensa y de partidos políticos y reformas para que los indios salieran de la condición servil a la que estaban sometidos desde los tiempos coloniales.” (Página 31)
La novela nos ayuda, además, a percibir claramente el forcejeo para crear justificaciones que respalden las decisiones tomadas y las acciones llevadas a cabo. Se debate para establecer los temas sobre los que se va a hablar, lo qué es importante o nó, se debate para calificar a las personas, quién es malo y quién es bueno.
Hoy, como en ese tiempo, las explicaciones políticas más exitosas son las emocionales, las que apelan a la pertenencia a un grupo que es amenazado por una minoría muy peligrosa pero que es defendido por un líder excepcional.
Macario Schettino sostiene que cuando la incertidumbre crece a niveles insoportables, las sociedades abrazan alternativas comunitarias, la discusión se vuelve emocional y la violencia se incrementa. Y ese estallido ocurre en el momento en que nuestra explicación del mundo deja de ser útil.
Toda la novela es una narrativa amena, atractiva, sorprendente, impredecible y difícil de interrumpir. No importa que ya sepas lo que sucedió en Centroamérica entre 1944 y 1954, la historia te va descubriendo unos hechos y un acontecer insospechados.
El escritor crea una prosa con enorme sonoridad y ritmo. Es cinematográfica. Forja personajes muy reales a los cuales puedes imaginar muy vivamente. La profusión de las imágenes se nutre de la transparencia de sus frases, oraciones y párrafos. Nunca tropiezas con redacciones difíciles de entender ni entras en laberintos de palabras que te hacen olvidar de qué está hablando el autor.
“Lo peor de todo eran sus ojos helados y amarillentos, que escudriñaban a las personas, sobre todo a las mujeres, con agresiva impertinencia.” (Página 91)
Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura en 2010. Nació en 1936. Sus novelas “La guerra del fin del mundo”, “Conversación en la catedral” y “La tia Julia y el escribidor” las leí, de tan buenas, inclusive mientras caminaba por la calle, a punto de caer en coladeras y chocar con postes.






