En 2015, murieron 1,580 niñas y niños de cero a cinco años de edad por asfixias, ahogamientos, envenenamientos, intoxicaciones, caídas y quemaduras, esto es, por falta de cuidado.
Las asfixias fueron las causantes del 46 % de las defunciones, la mayoría de las cuales ocasionadas por inhalación de contenidos gástricos (36.5%). En niñas y niños menores de un año la mortalidad por esta causa fue de 79 %.
En las viviendas se registró un 50.3% de las lesiones fatales.
En México no tenemos un sistema suficiente de cuidado infantil. Cada vez más, sus padres y madres se ocupan en procurar ingreso para la familia. Muy pocos de ellos pueden dejar a sus hijos en una centro donde sean atendidos con alimentación, salud y educación adecuados.
En 2015 existían en México 10.5 millones de niños menores de cinco años. 16% residía solo con uno de sus padres. Ello implica una necesidad urgente de cuidado, durante el equivalente a una jornada laboral, para un millón 700 mil niños.
En los últimos 25 años que registran los Censos Económicos, de 1988 a 2013, la participación de las mujeres pasó de 34.8 a 43.8 por ciento y hay 2 millones 481 mil mueres jóvenes que son parte de la población económicamente activa.
De este modo la cifra de niños en edad o situación que requiere cuidados está entre un millón 700 mil que solo tienen un padre y 6 millones si se quisiera garantizar, a los niños mexicanos en situación de pobreza, de alimentación, salud y educación completa y adecuada.
En contraste, la oferta gubernamental en el 2018 fue para solo 650 mil niños.
El IMMS atendió, en números redondos, a 200 mil, el ISSSTE a 30 mil, SEDESOL a 300 mil, el DIF a 100 mil y algunos sistemas sindicales y estatales a 20 mil.
Las consecuencias para los niños son terribles.
Según la ENSANUT 2012, 23.3% de los niños de uno a cuatro años de edad en México presenta anemia, más de dos millones de niños. La mayor prevalencia de anemia se produce en niños de 12 a 23 meses de edad (38%)
La mayor prevalencia de anemia no se registre en los estados más pobres y más rurales del país sino en la Ciudad de México, donde las madres y los padres están más incorporados al trabajo.
De acuerdo con la información de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2012, Más de 400 mil niños menores de cinco años sufrieron una lesión accidental. Del total, 359,212 se debieron a caídas y 38,806 a quemaduras. Las lesiones accidentales son una importante causa de discapacidad en los niños de este grupo de edad. De los 25,230 niños que presentaron lesiones permanentes en su estado de salud, 43.1% fue por caídas.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres (ENIM) 2015, en México al menos uno de cada ocho niños menores de cinco años tiene baja talla moderada para su edad (desnutrición moderada) lo que puede ocasionar un impacto negativo en su desarrollo por el resto de su vida.
La carencia de acceso a servicios de salud para la población menor de cinco años fue de 22.2% debido a que los padres tienen empleos informales sin derecho a prestaciones.
Los primeros cinco años de vida son cruciales para su desarrollo físico, cognitivo, social y emocional. Su cerebro se está desarrollando a un ritmo acelerado (genera más de 3,000 conexiones neuronales por segundo y es tres veces más activo que el cerebro de un adulto) por lo que requiere un ambiente estimulante, cuidados y nutrición adecuados, seguridad y protección, así como la interacción con cuidadores atentos.
Así sean familiares o vecinos no es lo adecuado dejar su atención a personas no capacitadas.
Entre el primer y segundo año de vida, el 18.4% de niños mexicanos presenta retraso en el área de desarrollo de lenguaje. Reciben estimulación temprana solo el 72% en áreas urbanas y 62% en áreas rurales.
Aquí inician las desigualdades. Según Hart and Risley (1995), un niño de los estratos más ricos escucha un promedio de 2,150 palabras por hora, en comparación con 620 que escucha un niño de estratos más pobres.
El estado de indefensión de los niños hace necesaria la intervención pública para corregir actitudes de los propios padres. 60% de los niños de tres años no son enviados a recibir educación preescolar y 20% de los niños son registrados hasta después de cumplir un año.
Las intervenciones no pueden dejarse a la decisión de los padres de hacerlas o no.
No es momento de reducir los presupuestos para el cuidado infantil. Los programas durante la primera infancia fomentan habilidades, atacan las desigualdades desde su origen y generan mayores retornos.
Por ejemplo, de acuerdo a UNICEF el análisis costo-beneficio del programa Chicago Child Parent Center mostró un beneficio de US$7.10 por cada dólar invertido; es decir, con una inversión promedio de US$6,730 durante 1.5 años en el programa de preescolar generó una rentabilidad total para la sociedad de US$48,000 por cada participante.
La sociedad mexicana, cuando se lo ha propuesto, ha alcanzado logros importantes en la atención a los niños. Es posible hacerlo.
La prevención de las enfermedades diarreicas agudas, por ejemplo, depende de la cultura y el nivel de escolaridad, el estado de nutrición, el saneamiento básico, el acceso a servicios de salud. Esto se estableció como una de las prioridades de los programas de salud en México. La tasa de mortalidad pasó de 56.4 defunciones por cada 100,000 niños menores de cinco años en 1995 a 7.3 en 2015, gracias a lo cual se logró la meta establecida en los Objetivos de Desarrollo de Milenio.
Así mismo, el Programa de vacunación universal de México está entre los más avanzados a nivel mundial, pues cuenta con uno de los esquemas de vacunación más completos, que suma 14 vacunas diferentes.
Para transformarnos en una sociedad equitativa, productiva, sana y educada es fundamental atender a los niños. Debe conformarse un plan nacional de cuidado infantil que se proponga elevar las coberturas y la calidad de las intervenciones. Definir etapas, responsables y fuentes de financiamiento.
El cuidado infantil debe ser una prioridad del presupuesto del gobierno.
Tenemos un gran problema porque no se está atendiendo a los más indefensos de nuestro país y no se está invirtiendo suficiente en que la siguiente generación sea sana, inteligente, bien alimentada, hábil, productiva y educada.
El debate sobre las estancias de SEDESOL nos debe llevar a trabajar para resolver el problema mayor, el cuidado de los niños.






