El microcrédito y otras formas de ayuda a las microempresas todavía tienen que jugar un papel importante en las vidas de los pobres, porque en un futuro próximo estos pequeños negocios continuarán siendo la única vía de supervivencia para muchos de ellos. Pero nos engañamos si creemos que pueden preparar el terreno para una salida masiva de la pobreza.
Esta es una conclusión de los ganadores de los premio nobel de la economía 2019 Esther Duflo y Abhijit Banerjee. Sintetizaré sus argumentos
Atrapados por décadas de promesas exageradas, muchos de los actores principales del mundo de las microfianzas han decidido que prefieren entregarse a la negación antes que hacer balance, reagruparse y admitir que la microfianza es solo uno de los caminos posibles en la lucha contra la pobreza.
Muchas personas pobres no están dispuestas o no son capaces de iniciar un negocio.
La rigidez y la especifidad del modelo estándar del microcrédito significan, por una parte, que como cada miembro del grupo se responsabiliza también por el resto, las mujeres a quien no les gusta meter las narices en los asuntos de otros prefieren mantenerse al margen.
Para la gente que necesita el dinero con urgencia, pero que no sabe exactamente cuándo será capaz de empezar a devolver el crédito, tampoco es la mejor solución tener que empezar a reembolsarlo, en pagos semanales, una semana después de su concesión.
Estas mismas concesiones también pueden disuadir a la gente de acometer proyectos que solo son rentables al cabo de cierto tiempo, ya que cada semana se necesita tener suficiente dinero para cumplir con los pagos programados.
Si los pobres todavía ahorran ladrillo a ladrillo debe ser porque no tienen otra forma mejor de hacerlo. Tal vez porque los bancos aún no han encontrado la manera de recoger los ahorros de los pobres: ¿Estará pendiente la revolución del microahorro?
Gary Becker, el premio nobel y padre de la moderna economía de la familia, argumentaba en 1997 que la posesión de riqueza estimula a las personas a invertir en paciencia; se deduce, por tanto, que la pobreza hace a las personas más impacientes de manera permanente.
El ahorro es menos atractivo para los pobres porque para ellos el objetivo tiende a encontrarse muy lejos y saben que por el camino encontrarán muchas tentaciones. Sin embrago, es evidente que si no ahorran seguirán siendo pobres.
Las tentaciones suelen ser expresiones de necesidades viscerales –cosa como sexo, azúcar, golosinas, tabaco, aunque no necesariamente por este orden-. En ese caso, para los ricos es mucho más fácil alcanzar el punto en el que ya hayan conseguido saciar las tentaciones creadas por ellos mismos.
El comportamiento ahorrador depende fundamentalmente de las expectativas de futuro. Las personas pobres que creen que tendrán oportunidades de llevar a cabo sus aspiraciones tendrán buenas razones para deducir su consumo frívolo e invertir en ese fututo.
Por el contrario, el optimismo y la esperanza pueden marcar la diferencia. La esperanza puede ser algo tan sencillo como saber que va a ser capaz de comprar la televisión que deseas.
Pensar en objetivos a largo plazo y acostumbrarse a hacer sacrificios a corto plazo con vistas a conseguirlos son los primeros pasos para que puedan liberarse de uno de los aspectos más frustrantes de la pobreza.
La sensación de seguridad que produciría cualquiera de estos elementos serviría para fomentar el ahorro, por dos razones: porque genera la sensación de que el futuro es prometedor y reduce el nivel de estrés, que impide directamente la capacidad de toma de decisiones.
Si bien es cierto que muchas personas pobres tienen sus propios negocios, también lo es que son muy pequeños. Y segunda, estos pequeños negocios producen muy poco dinero.
La mayor parte de esa energía se dedica a negocios demasiado pequeños y que no se diferencian en nada de los que hay a su alrededor.
Parte de la causa de que no crezcan las empresas de los pobres, en nuestra opinión, remite a la naturaleza de los negocios que tienen.
Estos pequeños emprendedores podrían disponer de pequeños créditos, pero nadie les prestará dinero suficiente –ni siquiera las Instituciones de Microfinanzas, que, como se ha visto, prefieren ir sobre seguro-. Además, para alcanzar ese punto se necesita capacidad de gestión y otras habilidades que no tienen y que no pueden pagar. Por lo tanto, están atascados en un tamaño empresarial pequeño. Algunas veces la curva se hace llana tan rápido que la misma persona acaba haciéndose cargo de tres negocios diferentes, en vez de intentar que crezca uno de ellos. Por ejemplo, uno puede vender rosas por la mañana, comerciar con comida durante el día y enhebrar cuentas para hacer collares por la noche.
Al igual que los pobres ahorran menos que la clase media al darse cuenta de que sus ahorros no serán suficientes para alcanzar el objetivo de consumo que desearían realmente, también cabe la posibilidad de que inviertan menos en sus negocios – no solo dinero, sino también energía intelectual o emocional- al entender que no va a dar resultado.
Las empresas de los pobres a menudo parecen más a una forma de comprar un empleo, ante la falta de oportunidades para conseguir otros más convencionales, que al reflejo de un impulso emprendedor específico.
Quizá la diferencias entre los pobres y la clase media venga dada la idea de que hay un futuro.
Para que las personas puedan adoptar una perspectiva a largo plazo se necesita una sensación de estabilidad.






