Los nuevos sistema políticos autoritarios suelen presentar una imagen democrática: existen varios partidos, hay variedad de medios de comunicación y se celebran elecciones, pero el poder real se concentra en un líder, los medios son comprados o silenciados y el terreno de juego electoral está inclinado. Así es en Turquía.
La historia de cómo la frágil democracia turca se está convirtiendo en un régimen caudillista la escriben Mourenza y Topper mezclando la biográfía, la explicación sociológica y la crónica en un libro excelente, La democracia es un tranvía es su título.
Les comparto algunas citas de este interesante libro.
“Recep Tayyip Erdoğan no es un presidente más en la historia de la República de Turquía, un Estado que cumplirá cien años de existencia en 2023. Es la persona que acumula más poder en sus manos desde los días del fundador, el padre de la patria, Mustafa Kemal Atatürk”
“Una conquista labrada a base de gastar zapato, de conocer al dedillo las necesidades de cada vecino, de saber si en casa de los Yilmaz ganan lo suficiente para alimentar a todos los hijos o qué favores necesita la señora Ayşe. Un gobierno municipal eficaz combinado con grandes dosis de beneficencia fue la clave para constituir un sector de votantes fieles durante décadas.”
“La ayuda no se limitaba a lo material. En Estambul, el alcalde pretendía que los beneficiarios sintiesen de cerca al Ayuntamiento. Durante cada ramadán, Erdoğan acompañaba los repartos en los barrios más pobres y se llevaba con él a sus colaboradores para que viesen el rostro de la pobreza.”
“… el centroizquierda turco se convirtió, así, en el ala «conservadora» de la política por cuanto defendía la continuidad del sistema y se erigía en defensor de sus esencias, mientras que el AKP, aún inscrito en la derecha, ejemplificaba la reacción antisistema y popular frente a un establishment inmovilista e incapaz de aceptar los cambios que tenían lugar en la esfera global.
«Nuestra izquierda es nuestra derecha.» Así lo resumió Ertuğrul Günay, socialdemócrata de toda la vida”
“Con cada victoria, con cada obstáculo salvado, Erdoğan se sentía más poderoso. Sentía que tenía de su parte al pueblo, a las masas, esas mismas masas que los kemalistas despreciaban. Así pues, si el «sistema» le presentaba batalla, entonces sería la guerra. Y la guerra se hace con todas las armas posibles.”
“El AKP, como todo Gobierno, sabe que quien controla a un cuerpo armado leal es el que tiene la última palabra»,”
“Ellos pueden reunir a cien mil personas, pero yo, con mi partido, puedo reunir a un millón.» Con frases como esta, Erdoğan certifica la división de Turquía en dos bandos: los que están con él y los que están en contra. Pero solo los suyos representan la verdadera Turquía, proclama. Los demás son «grupos de terroristas marginales», agitadores, provocadores, ladrones, saqueadores, parapetados en «cafés de lujo”
“En lugar de mirarse a sí mismo y reconocer sus fallos, Erdoğan se dice: “Tiene que haber una conspiración tras las protestas”», opina el columnista Mustafa Akyol, que antaño lo defendía. La humana condición de no ser omnipotente, pese a la inmensa cantidad de poder que acumula, le provoca brotes coléricos.”
“El paradigma es siempre el mismo: unos directivos de la prensa completamente doblegados ante el Gobierno y carentes de la más mínima ética periodística. Había pasado poco más de una década desde que Erdoğan accediese al poder con prácticamente todos los periódicos, los canales de televisión y las emisoras de radio en su contra, pero en diez años había logrado domesticarlos. Ese año 2013 pasaría a la historia, a su historia personal, como el año en el que derrotó el insidioso alzamiento de Gezi y otras varias conspiraciones contra su figura, así como el momento en el que logró, finalmente, meter en vereda a los medios de comunicación. Los antaño orgullosos magnates de la prensa turca, los mismos que se preciaban de quitar y poner ministros, habían quedado reducidos al papel de lacayos, dispuestos a hacer lo que fuese necesario con tal de satisfacer a Erdoğan, de no ser apartados de su favor, de no caer víctimas de sus monumentales enfados. De su incontenible ira.”
“Censura, sospechas de corrupción, negocios sucios… Esa era la imagen de Erdoğan en vísperas de las elecciones. Pero ni los meses de Gezi, que parecían llevar al primer ministro al borde de la dimisión, ni la andanada a la línea de flotación del AKP lanzada por los gülenistas en diciembre han podido con Erdoğan. El Reis ha sabido resistir a los embates cual capitán en una tormenta. Y su electorado fiel se lo ha agradecido estando ahí el día de las urnas. Se ha evidenciado que los «ateos, izquierdistas, terroristas», esa trilogía en la que Erdoğan engloba a sus enemigos, son solo la mitad de Turquía. La otra mitad son los suyos.”
“Cuando estableces un nuevo sistema político, siempre hay un cierto grado de violencia política», concluye Şengül. «Y pasar por encima de la ley es la violencia política que necesita Erdoğan para fundar el nuevo sistema, la Nueva Turquía.”
“En contraste con los primeros años del AKP en el poder, Erdoğan ha hecho ahora que su supervivencia política dependa más del miedo que de la esperanza, inculcando a sus seguidores una mentalidad de asedio y diseminando absurdas y xenófobas teorías de la conspiración, que son ampliamente creídas», opina el analista Gareth Jenkins.1 Su modo de gobernar es una combinación de amor y terror. Y de absoluto control.”
“El Estado, la «Nueva Turquía», ha sido reorganizado tras el referéndum de 2017 y las elecciones de 2018. Las tareas del Gobierno han sido centralizadas en palacio, y el nuevo presidente tiene la potestad de legislar mediante decretos sin supervisión parlamentaria. También controla, de manera indirecta, quién se sienta al frente de cada tribunal. Además, convoca periódicamente en palacio a los muhtar, alcaldes de barrio o aldea, a los que ha pedido ser sus ojos y sus oídos en la lucha contra los traidores.
Parecida función tiene el partido. «Somos los que hacemos de puente entre los ciudadanos y el Estado», explica Hakan Kılıç, un programador informático que dirige la organización del AKP en el barrio estambulí de Küçük Piyale, de unos nueve mil habitantes. «Visitamos a los vecinos puerta a puerta y nos interesamos por su situación. Entre los comerciantes, tenemos a cientos de simpatizantes que nos informan de las necesidades de cada persona.» De las necesidades… o de las actividades subversivas. Porque el pueblo ha aprendido a reconocer a los traidores entre sus filas y no necesita ya ni a las fuerzas de seguridad para enfrentarse a ellos.”
“El líder islamista les ha «devuelto el orgullo» a personas humildes y religiosas como esta ama de casa, que en el pasado eran vistas por encima del hombro.
Erdoğan necesita sentirse querido. Por eso se rodea de gente que lo adora y por eso vuelve, una vez tras otra, a las urnas. Es su terreno de juego preferido. Desde 1994 ha ganado todos los procesos electorales a los que se ha enfrentado: seis elecciones generales, cuatro municipales, dos presidenciales y tres referéndums.”
“Busca un chivo expiatorio. Y lo encuentra en un discurso gubernamental muy emocional, que carece de argumentaciones racionales y se basa en demonizar a las identidades que en cada momento considera su enemigo.
“El presidente ha logrado aferrarse y mantener el poder, sí, pero con un grave coste: polarizar la sociedad turca de una manera no vista en décadas. Frente a la mitad de Turquía que lo ama, está la mitad de Turquía que lo odia. Este, junto con la economía, es el principal punto débil del sistema que Erdoğan ha construido a su imagen y semejanza, aunque él no está dispuesto a verlo. Como a Ícaro, le ciega el mismo sol hacia el que se dirige.
Se trata de lo que los antiguos griegos llamaban el «mal de hibris»: la incapacidad de controlar las pasiones que llevan a la desmesura y a transgredir los límites impuestos por los dioses. Ascender sin freno perdiendo el contacto con la realidad. Ícaro, Sísifo, Lucifer. El analista İzzetin Önder, citando los estudios del neurólogo David Owen sobre la presencia de este síndrome en figuras políticas, individualiza algunos de los factores aplicables a Erdoğan: la obsesión narcisista con la propia imagen; la identificación de los intereses del país con los propios; el sentimiento de tener que responder no en los tribunales, sino únicamente ante Dios y ante la historia, y una soledad[…]”.






