A finales de marzo del año pasado inició en México una de las peores etapas de la historia: La Pandemia del COVID-19. Nadie puede decirse exento de ser afectado porque, hasta los más valientes en desmentir su existencia, han caído en sus garras y han padecido sus consecuencias.

No pasaron muchos días cuando ya sabíamos que el coronavirus es una enfermedad altamente contagiosa y que sus portadores pueden ser asintomáticos, es decir, tenerlo, pero no presentar síntomas. Ni alta temperatura, ni molestias de gripa, ni dolor de cabeza, nada. Pero eso sí, con toda la capacidad de pasárselo a otro. Como diría el actor principal de JEFLIX: “el virus…anda junto con el que lo trae”.

Pero también no pasaron muchos días para que se mostrara lo más bajo de nuestra naturaleza mediante ataques a los integrantes del sector salud.

En lugar de reconocer en los médicos, enfermeras y enfermeros a la fuerza humana que nos ayudaría a enfrentar este mal, lo que empezamos a hacer fue atacarlos, al grado de que hubo quienes tuvieran miedo de pertenecer al gremio y, en lugar de portarlo con orgullo, evitaron salir a la calle con el uniforme blanco que, hasta unas semanas antes, era el símbolo de formar parte de un grupo admirado y al que muchos infantes soñaban pertenecer.

El alto grado de ignorancia no solo nos ha impedido agradecer lo suficiente a los médicos, enfermeros y enfermeras por los sacrificios que han hecho, también nos han llevado a deshumanizarlos al grado de ignorar lo que para ellos y su familia ha significado la lucha contra el COVID.

En estos días estamos discutiendo si es conveniente o no el regreso a clases presenciales. Se ha dicho que es opcional, pero, para el sector salud, quienes enfrentan la pandemia, no es opcional. Nosotros manifestamos el temor de que nuestros hijos acudan a las aulas, de que los maestros vayan a dar clases, porque es posible, muy posible, que haya contagios y se pone en riesgo la vida de infantes, profesores y sus familias.

Pues en el caso de los médicos, enfermeros y enfermeras, también sus padres, esposos, esposas e hijos sienten miedo de que vayan a trabajar. No porque exista la posibilidad de que haya cerca alguien infectado, sino porque van a atender a los pacientes confirmados de coronavirus, a los que saben con certeza que los pueden contagiar, a los portadores de esa enfermedad que pueden llevar a sus casas, con sus familiares. Miedo que se tienen que aguantar, ellos son la primera línea de defensa, están en el frente de batalla, muchos pueden morir, muchos han muerto.

Según un reporte publicado por Amnistía Internacional en febrero de 2021, los Estados Unidos es el país con más casos de personas contagiadas y decesos en el mundo, sin embargo, solo han fallecido cerca de la mitad de los integrantes del sector salud que se nos han adelantado en México.

Le aseguro que la muerte de cada médico, enfermero o enfermera, es tan dolorosa para sus familias como lo es para cualquiera de nosotros. Para ellos no es el doctor o la doctora que decidió tomar el riesgo de contagiarse al estar en contacto con los pacientes de COVID. Para ellos es su hermano, su hijo, su esposo, su esposa, que escogió por profesión una de las áreas a las que más le debemos y de la que hemos dependido, aún más, desde marzo del 2020.

No solamente debemos reconocer lo que hasta aquí he mencionado. En una situación de sorprendente injusticia, se ha documentado sobre la falta de insumos de protección ante la pandemia.

Por otro lado, no es un secreto que en los hospitales existe un gran desafío ante la necesidad de lograr que la asepsia y antisepsia sean conseguidas lo suficientemente bien como para garantizar que los pacientes no adquieran enfermedades residentes en el nosocomio. Esto es, que antes de atender a un enfermo se haya desinfectado a profundidad y que después de la intervención o tratamiento, se logre la misma calidad de limpieza, para que no adquiera ni deje gérmenes que amenacen la salud de los demás. Si esto no se ha logrado ¿Lo estarán alcanzando contra el coronavirus?

Podría seguir con la gran cantidad de injusticias contra el sector salud, el famoso bono COVID, las plazas que se prometieron y quedaron en veremos, qué decir de los médicos de farmacia y sus condiciones laborales, las afecciones en la piel por las grandes cantidades de gel antibacterial o las veces que necesitan lavarse las manos. Las largas horas metidos en trajes que parecen astronautas, cubrebocas, caretas, lentes de seguridad y guantes, si es que los tienen, cuando muchos de nosotros no queremos ni ponernos el cubrebocas. Esto último contrastado con la bobería de que la mascarilla va solo en la boca y que por eso se llama cubrebocas, quienes lo usan para taparse la papada, como diadema o adorno de la oreja.

Finalmente, lo primero y más importante que deseo que reflexionemos juntos es que, hasta hoy, el reconocimiento a los médicos, enfermeros y enfermeras, ha sido insuficiente. Ninguna placa o diploma entregado en la mañanera llenará la necesidad de ir más allá con quienes lo han arriesgado todo, principalmente su vida y a su familia, para que nosotros podamos seguir viviendo la nuestra. Eso creo yo.