Muchas son las lecturas y análisis que habrán de desprenderse de los resultados de la jornada electoral de antier. Con múltiples argumentos, los actores políticos que intervinieron intentarán justificar lo sucedido, dependiendo por supuesto del lado de la moneda en que se encuentren, es decir, desde la posición de vencedores o vencidos.

Habrá por tanto quienes alimenten su ego, presumiendo que ganaron por una gran popularidad y carisma o, en el caso de los reelectos, por una eficiente labor en su gestión anterior.

En el otro extremo, están quienes argumentan que el resultado fue producto de una elección de Estado, señalando la intromisión del Gobierno Federal y alegando que de no haber pasado eso, las cosas hubiesen sido diferentes. Aunado a ello, se han escuchado también voces que atribuyen casi todo el mérito de la victoria de Morena a los hechos de violencia que se presentaron en algunos lugares.

Evidentemente que ambos factores estuvieron presentes, no sólo en Sinaloa sino en muchas partes el país; sin embargo, la realidad es que, si bien estas lamentables e ilegales intromisiones tuvieron un impacto en los comicios del domingo, el porcentaje de votos que a dichos factores les pudiese ser atribuibles, queda finalmente diluido por el amplio margen con que Morena ganó, o mejor dicho arrasó. Este escenario ha desactivado cualquier intento de impugnación y obligado a los vencidos a reconocer con mucha dignidad y entereza su derrota.

Los márgenes de votación con los que el partido tinto obtuvo sus victorias en casi la totalidad de las posiciones en disputa, nos reafirma que más allá de apasionamientos, de la creatividad (o ausencia de creatividad) en el trabajo proselitista, o de los escenarios ficticios basados en encuestas a modo, lo que persiste es un electorado fácilmente manipulable por los excesos del pasado.

Esta mitad de electores (49.8%) registrados en la lista nominal no sólo decidieron el rumbo que tomará nuestra entidad en el futuro, sino que le marcaron la pauta y dieron una gran lección a la otra mitad de ciudadanos que decidieron no ejercer su voto por apatía, displicencia o flojera. Con esto se comprobó también que, así como vimos una eclosión de encuestas a modo que buscaban inducir el voto y que hasta lograron en algunos hacer cuentas alegres, hubo también otras muy serias y profesionales como las de El Debate, en las cuales campeó como común denominador el arrastre que desde el 2018 mantiene la marca Morena en nuestro Estado. De nueva cuenta en casi todo el país, los candidatos a alcaldes y diputados fueron arropados por estas siglas partidistas, y en algunas entidades como la nuestra fue la figura del candidato a Gobernador la que terminó por catapultarlos al triunfo.

Lo que sigue ahora es dejar atrás el proceso electoral, y desde la trinchera de cada quien comprometernos a contribuir y sumar esfuerzos para a Sinaloa le vaya bien con las nuevas autoridades electas, mismas que tendrán que demostrar que la confianza depositada en ellas valió la pena.

Mención aparte merece la maquinaria electoral del Partido Sinaloense (PAS), la cual demostró a propios y extraños una gran eficacia por parte de sus operadores, callándonos la boca a varios y validándole al candidato electo Rubén Rocha que no se equivocó cuando decidió hacerlos aliados.

Por último, en relación a los demás candidatos y candidatas que no lograron repuntar y cuyo porcentaje de votos fue muy bajo, inclusive insuficiente para mantener su registro, si bien es de reconocerse su contribución al proceso democrático, también es muy claro el mensaje social que no parece estar de acuerdo con la proliferación de tantos partidos, y por consiguiente, con el gasto de recursos públicos que se les otorga en prerrogativas.

“La victoria tiene muchas madres y la derrota siempre será huérfana”. (Aristóteles).