Tesis 1: A medida que las condiciones de procesamiento de datos vuelvan a cambiar en el siglo XXI, la democracia podría decaer e incluso desaparecer.

Puesto que tanto el volumen como la velocidad de los datos están aumentando, instituciones venerables tales como las elecciones, los partidos políticos y los parlamentos podrían quedar obsoletas, y no porque sean poco éticas, sino porque no procesan los datos con la suficiente eficiencia.

 

 Dichas instituciones evolucionaron en una época en la que la política se movía más deprisa que la tecnología. En los siglos XIX y XX, la revolución industrial se desarrolló con la suficiente lentitud para que políticos y votantes se mantuvieran un paso por delante y regularan y manipularan su trayectoria.

Pero mientras que el ritmo de la política no ha cambiado mucho desde los tiempos del vapor, la tecnología ha pasado de la primera marcha a la cuarta. Las revoluciones tecnológicas dejan ahora rezagados a los procesos políticos, lo que hace que tanto los miembros del Parlamento como los votantes pierdan el control.

Sencillamente, nuestras estructuras democráticas actuales no pueden recopilar y procesar los datos relevantes con la suficiente rapidez, y la mayoría de los votantes no conocen lo bastante bien la biología y la cibernética para formarse una opinión pertinente. De ahí que la política democrática tradicional pierda el control de los acontecimientos y no consiga proporcionarnos unas visiones de futuro significativas.

Precisamente porque la tecnología se mueve ahora tan deprisa, y tanto parlamentos como dictadores están inundados por datos que no pueden procesar con suficiente rapidez, los políticos de hoy en día piensan a una escala mucho más pequeña que sus predecesores de hace un siglo. En consecuencia, en los inicios del siglo XXI, la política está desprovista de visiones grandiosas.

El gobierno se ha convertido en mera administración. Gestiona el país, pero ya no lo dirige. Se asegura de que a los profesores se les pague puntualmente y que los sistemas de alcantarillado no rebosen, pero no tiene ni idea de dónde estará el país dentro de veinte años.

Tesis 2: En el siglo XXI cientos de millones de humanos perderán su utilidad económica y militar, de ahí que el sistema económico y político dejaría de atribuirles  valor.

Militarmente, en lugar de carne de cañón ilimitada, ahora solo necesitamos a un pequeño número de soldados muy bien adiestrados, a un número aún menor de superguerreros de fuerzas especiales, y a un puñado de expertos que sepan producir y emplear tecnología sofisticada.

 Fuerzas de alta tecnología dirigidas por drones sin piloto y cibergusanos están sustituyendo a los ejércitos de masas del siglo XX, y los generales delegan cada vez más decisiones a los algoritmos cibernéticos.

También en la esfera económica, la capacidad de sostener un martillo o de pulsar un botón se está volviendo menos valiosa. En el pasado eran muchas las cosas que solo los humanos podían hacer. Ahora robots y computadoras nos están dando alcance, y puede que pronto nos rebasen en la mayoría de las tareas.

Hay un 99 por ciento de probabilidades de que en 2033 los televendedores y los agentes de seguros humanos pierdan su puesto de trabajo, que será ocupado por tecnologías, aplicaciones y logaritmos. Hay un 98 por ciento de probabilidades de que lo mismo ocurra con los árbitros deportivos, un 97 por ciento de que les ocurra a los cajeros, y el 96 por ciento de que les ocurra a los chefs. Camareros: 94 por ciento. Procuradores: 94 por ciento. Guías de viajes organizados: 91 por ciento. Panaderos: 89 por ciento y , Conductores de autobús: 89 por ciento.

El sistema seguirá encontrando valor en algunos individuos, pero estos serán una nueva élite de humanos mejorados y no la masa de la población.

El ascenso a  superhumanos  puede seguir cualquiera de estos tres caminos: ingeniería biológica, ingeniería cíborg e ingeniería de seres no orgánicos.

Hasta ahora aumentar el poder humano se basaba principalmente en mejorar nuestras herramientas externas. En el futuro puede que se base más en mejorar el cuerpo y la mente humanos, o en fusionarnos directamente con nuestras herramientas.

Recientemente, unos monos han aprendido a controlar manos y pies biónicos no conectados a su cuerpo mediante electrodos implantados en el cerebro. Pacientes imposibilitados son capaces de mover extremidades biónicas o de utilizar computadoras solo con el poder de la mente.

 Si uno quiere, ya puede controlar a distancia los dispositivos eléctricos de su casa utilizando un casco eléctrico. El uso del casco no requiere implantes cerebrales. Funciona al leer las señales eléctricas que pasan a través del cuero cabelludo. Si uno quiere encender la luz de la cocina, se coloca el casco, imagina alguna señal mental preprogramada y el interruptor se acciona. Se pueden comprar estos cascos por internet por solo 400 dólares.

Algunos laboratorios de investigación son ya el hogar de nanorrobots, que un día podrán navegar por nuestro torrente sanguíneo, identificar enfermedades, y matar patógenos y células cancerosas.

Las redes neurales serán sustituidas por programas informáticos con la capacidad de navegar tanto por mundos virtuales como no virtuales, libre de las limitaciones de la química orgánica.

Los principales productos del siglo XXI serán cuerpos, cerebros y mentes.

A medida que los algoritmos expulsen a los humanos del mercado laboral, la riqueza podría acabar concentrada en manos de la minúscula élite que posea los todopoderosos algoritmos, generando así una desigualdad social y política sin precedentes.

Al dejar paso los soldados y obreros humanos a los algoritmos, al menos algunas élites podrían llegar a la conclusión de que no tiene sentido proporcionar condiciones mejoradas o incluso estándares de salud para las masas de gente pobre e inútil, y que es mucho más sensato centrarse en mejorar más allá de la norma a un puñado de superhumanos

Tesis 3: Hoy en día, los humanos dominan completamente el planeta, no porque el individuo humano sea mucho más inteligente y tenga los dedos más ágiles que un chimpancé o un lobo, sino porque Homo sapiens es la única especie en la Tierra capaz de cooperar de manera flexible en gran número. Es evidente que la inteligencia y la elaboración de útiles fueron asimismo muy importantes. Pero si los humanos no hubieran aprendido a cooperar de manera flexible en gran número, nuestro astuto cerebro y nuestras manos hábiles todavía estarían fisionando pedernales en lugar de átomos de uranio.

Si la cooperación es la clave, ¿cómo es que las hormigas y las abejas no nos adelantaron en la invención de la bomba nuclear aunque aprendieron a cooperar en grandes números millones de años antes que nosotros? Porque su cooperación carece de flexibilidad. Las abejas cooperan de formas muy refinadas, pero no pueden reinventar su sistema social de la noche a la mañana. Si una colmena se enfrenta a una nueva amenaza o una nueva oportunidad, las abejas no pueden, por ejemplo, guillotinar a la reina y establecer una república.

La investigación indica que los sapiens no pueden tener relaciones íntimas (ya sean hostiles o amorosas) con más de 150 individuos.

Toda la cooperación humana a gran escala se basa en último término en nuestra creencia en órdenes imaginados. Se trata de conjuntos de normas que, a pesar de existir únicamente en nuestra imaginación, creemos que son tan reales e inviolables como la gravedad. «Si sacrificas diez toros al dios del cielo, lloverá; si honras a tus padres, irás al cielo, y si no crees lo que te digo…, ¡irás al infierno!».

Mientras todos los sapiens que viven en una localidad determinada crean las mismas historias, observan las mismas normas, lo que facilita predecir el comportamiento de los extraños y organizar redes de cooperación masiva. Los sapiens suelen usar marcas visuales como un turbante, una barba o un traje de negocios para comunicar: «Puedes confiar en mí, creo en la misma historia que tú».

Nuestros primos chimpancés no tienen la capacidad de inventar y difundir este tipo de historias, razón por la que no pueden cooperar en gran número.

Los sapiens dominan el mundo porque solo ellos son capaces de tejer una red intersubjetiva de sentido: una red de leyes, fuerzas, entidades y lugares que existen puramente en su imaginación común. Esta red permite que los humanos organicen cruzadas, revoluciones socialistas y movimientos por los derechos humanos.

Antes de la invención de la escritura, los relatos estaban restringidos por la capacidad limitada del cerebro humano. No se podían inventar relatos excesivamente complejos que la gente fuera incapaz de recordar. Pero la escritura posibilitó de pronto la creación de relatos muy largos e intrincados, que se almacenaban en tablillas y papiros en lugar de en el cerebro de humanos.

En la práctica, el poder de las redes de cooperación humana depende de un delicado equilibrio entre la verdad y la ficción. Si distorsionamos demasiado la realidad, ello nos debilitará y no seremos capaces de competir contra rivales más perspicaces. Por otra parte, no podemos organizar con eficacia a masas de gente sin recurrir a algunos mitos ficticios. De modo que si nos mantenemos en la pura realidad, sin mezclar en ella algo de ficción, poca gente nos seguirá.

La religión es una herramienta para preservar el orden social y para organizar la cooperación a gran escala.

Paradójicamente, cuantos más sacrificios hacemos para construir un relato imaginario, tanto más fuerte se vuelve el relato, porque deseamos con desesperación dar sentido a esos sacrificios y al sufrimiento que hemos causado.

Si se quiere hacer que la gente crea en entidades imaginarias tales como dioses y naciones, hay que hacer que sacrifiquen algo valioso.

Cuanto más doloroso es el sacrificio, más se convence la gente de la existencia del receptor imaginario. Un pobre campesino que sacrifica un buey inestimable en honor a Júpiter se convencerá de que Júpiter existe; de otro modo, ¿cómo iba a excusar su estupidez? El campesino sacrificará otro buey, y otro, y otro más, solo para no tener que admitir que todos los bueyes previos no fueron un desperdicio. Exactamente por la misma razón, si he sacrificado un hijo por la gloria de la nación italiana o mis piernas por la revolución comunista, bastará con que me convierta en un nacionalista italiano fanático o en un comunista entusiasta. Porque si los mitos nacionales italianos o la propaganda comunista son mentira, entonces me veré obligado a admitir que la muerte de mi hijo o mi propia parálisis no han tenido sentido alguno. Pocas personas tienen estómago para admitir algo así.

Las ciencias de la vida socavan el liberalismo y aducen que el individuo libre es solo un cuento ficticio pergeñado por una asamblea de algoritmos bioquímicos.

 En cada momento, los mecanismos bioquímicos del cerebro dan lugar a un destello de experiencia, que desaparece de inmediato. Después aparecen y desaparecen más destellos, en rápida sucesión.

Estas experiencias momentáneas no suman para dar una esencia duradera. El yo narrador intenta imponer orden en este caos mediante la elaboración de un relato que nunca termina, en el que cada una de tales experiencias tiene su lugar, y de ahí que cada experiencia tenga algún sentido duradero. Pero, por convincente y tentador que sea, este relato es una ficción.